Desde varias semanas antes del día de la elección, la contienda por la gubernatura veracruzana se había convertido en una angustiosa lucha entre dos fuerzas: la de Miguel Ángel Yunes Linares y la de Andrés Manuel López Obrador. Sus discípulos hacían escaramuzas sobre un ring adonde no logró subirse el debilitado contendiente del partido tricolor.
Días antes del domingo uno de julio, sobre el territorio estatal empezaron a notarse las últimas estrategias para favorecer al candidato del gobernador, afianzadas obligadamente en los grupos locales por los firmes lazos de sangre entre padre e hijo.
Del lado de Cuitláhuac García, la única estrategia visible era la poderosa locomotora ciudadana que conducía tranquilamente Andrés Manuel. Todavía el penúltimo sábado previo a las votaciones, el equipo morenista acusaba al gobierno estatal de haber boicoteado el acto de cierre de campaña de Cuitláhuac, el cual no tuvo la asistencia esperada en el estadio Luis Pirata Fuente de la ciudad de Veracruz.
Y este infortunado hecho fue promovido por los panistas como el más claro indicador de que Cuitláhuac y el partido Morena no eran opción triunfadora para los veracruzanos. Pero esa amañada afirmación, que hicieron circular por redes sociales principalmente, resultó ser el más grave error cometido por el equipo del estero de Boca del Río, que se convertiría en un punto adicional de repudio en perjuicio de Miguel Ángel Yunes Márquez y en especial de su desesperado padre.
Así llegó el día de la elección. Y lo que resultó una verdadera sorpresa para el priismo y el panismo y sus partidos aliados, fue el grandioso movimiento de votantes, morenistas o no, que desde todos los rincones de Veracruz, colmaron los puntos de votación y no se fueron de las casillas hasta haber dejado allí todos sus votos, generalmente en favor de los candidatos de la coalición Juntos haremos historia.
Al mediodía del domingo, varios dirigentes y políticos experimentados ya murmuraban la derrota del proyecto sucesorio de Yunes Linares. Y del candidato del PRI, nadie se acordaba. En las calles y en las reuniones, la gente comentaba feliz el haber echado a los panistas y a los priistas. “¡Hemos enterrado al PRI!”, gritaban los más emocionados.
Sólo faltaba que las encuestas de salida y las autoridades electorales confirmaran lo que ya se festinaba en los hogares veracruzanos y en las tertulias dominicales. Morena era el que había arrasado, nadie más.
Y en efecto, así sucedió. Las evidencias de triunfo morenista en Veracruz llevaron a los militantes de ese partido a la celebración principal en la Plaza Lerdo de Xalapa desde las diez de la noche del domingo.
Ayer Cuitláhuac García, con una diferencia significativa en el conteo oficial del OPLE, habló ya del nuevo gobierno y utilizó la frase mágica: “llegó el momento de la reconciliación”. No hizo mayor alusión sobre desquites o venganzas, para qué. No lo necesitaba. El respaldo absoluto que tiene de López Obrador, el que será presidente de la república, le permite comportarse ya, como un hombre con toda la confianza y entereza, que puede convertirse en un envidiado hombre de estado.
Y los morenistas veracruzanos están conscientes de que acabaron los tiempos del yunismo, en todas sus expresiones. Ninguna de ellas—la de Boca del Río, la de Soledad de Doblado, y la de Perote—esperaba una reacción tan definitiva de la población en su contra.
Cuitláhuac, al igual que su jefe y amigo Andrés Manuel, tendrá un Congreso amigable y consecuente. Si no se enreda en la autocomplacencia y la soberbia, Cuitláhuac será uno de los gobernadores más poderosos de la historia estatal.
