Casi todos los gobernadores veracruzanos se han apoyado en los empleados públicos para poder cumplir a cabalidad con las diferentes encomiendas de la administración estatal. Los trabajadores del gobierno del estado representan uno de los dos brazos que se encargan del cumplimiento de los objetivos sexenales; el otro lo constituyen los honestos y eficaces funcionarios públicos que, aunque pocos, sí los hay. Los dos contingentes son los que al final pondrán en alto al jefe del ejecutivo, y también, los que podrán ayudarle a alcanzar las metas políticas que se proponga.

Miguel Alemán Velasco, a principios de este siglo en Veracruz, usaba la vieja fábula de la carreta, y ejemplificaba a los malos elementos, como las calabazas huecas o podridas que caerían del vehículo en marcha, debido al irregular y esforzado trote del camino. Fidel Herrera llegó al gobierno con el respaldo de la burocracia local, que después trasladaría a su sucesor, el que finalmente incumplió de fea manera con todos.

Cuando Miguel Ángel Yunes asume la gubernatura, lo consigue con el apoyo de los trabajadores del estado, que estaban cansados de las veleidades y pillerías de los capitanes que siguieron el ejemplo de Javier. Lo hicieron confiados porque creyeron en la promesa de cambio y de castigo a la corrupción duartista.

Pero la esperanza en Yunes Linares duró sólo hasta el mes de diciembre de 2016, justamente el primer mes de gestión de su gobierno. Los altos jefes llegaron a las oficinas con la secreta consigna de despedir burócratas, de mandarlos a su casa sin miramientos.

Irán Villa se trajo de Puebla y Tlaxcala a cientos de amigos y despachó a los jarochos que le estorbaron en el sector salud. Indira Rosales corrió a varios cientos para poder meter a más de dos mil de su fallido programa contra la pobreza. Julen Rementería, haciendo honor a su apellido, ofreció hacer sólo los cambios necesarios, les envió felicitaciones navideñas a sus correos de internet, y cuando llegó el dos de enero, les cerró las puertas a todos los que pudo, fueran empleados de medio pelo, adultos previos a su jubilación o madres solteras.

Debido a esas medidas del gobernador azul, los medios de comunicación y sindicatos llegaron a cuantificar en doce mil los empleados despedidos en enero y febrero de 2017. Ahí se empezó a escribir la derrota de su hijo mayor ante Cuitláhuac García.

Y ahora aparecen los cuitlahuistas hablando de transformaciones. Y como los yunistas, también llegan ofreciendo la zanahoria. Saludos de mano y verificación de nóminas en todos los casos. Esperanzas y entusiasmo al por mayor. Hay gusto en secretarias, analistas, operarios y administrativos que votaron por MORENA, por Cuitláhuac y, desde luego, por Andrés Manuel.

Pero empiezan las descoloridas, los desencantos y las grandes decepciones, también en diciembre. En Orizaba, el secretario Zanyazen nombra a un delegado sin educación, que desmadra la situación en uno de los municipios mexicanos de mayor tradición laboral. Y el desliz provoca el primer despido de un alto mando en esta etapa. También en la dirección de espacios educativos en Xalapa, se rumora, se grita y se acusa que corrieron o quieren correr a 50 empleados. Pero es que Zanyazen es cercano, dicen.

Cuitláhuac García es un hombre de valores que trae en la sangre una herencia que nada tiene que ver con esos abusos. Y tiene un alto compromiso político, incrementado con la visita de AMLO el sábado pasado.

Que despidan a los “operadores” de Yunes, a los aviadores, y a todos aquellos que lo merezcan, pero que dejen en paz a los trabajadores eficientes que cuidan su puesto y su salario. En todo caso evalúen a los que están y también a los que van llegando, la inconformidad y desesperanza va creciendo.

Que el Ejecutivo ordene respetar los derechos laborales de las mujeres y hombres que se dedican a trabajar por Veracruz. Es lo correcto y lo justo.

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