Si algo está de moda en el México de la 4T es su “diferente” Poder Judicial. Y lo que sucede en uno de los tres poderes de la república en estos tiempos, es de risa desternillante y diario asombro. La justicia, tristemente y de manera preocupante, se puso en las peores manos y a cargo de personas que, salvo honrosas excepciones, se empeñan en manifestar su corta visión y pequeñez profesional.
Las circunstancias que muestra esta terrible herencia de AMLO y de Claudia Sheinbaum, están presentando día con día la peor cara en el Poder Judicial de la Federación.
Las situaciones erráticas, la opacidad, los despropósitos y las incongruencias del Poder Judicial actual hacen recordar la canción El Pipiripau, el tema bailable de Los Plebeyos, que relata “Yo soy el Pipiripau y aunque no soy muy carita, ha de ser por mi sabor, que me dicen la guayabita. Sí, me dicen guayabita, pero Pipiripau, porque me siguen las mujeres, porque tengo lo que quieren”.
El tema viene a colación a raíz del sorprendente y grotesco espectáculo que el ministro Hugo Aguilar Ortiz, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ofreció a los mexicanos en la ciudad de Querétaro el pasado 5 de febrero, antes de iniciar el evento de Aniversario de la Constitución.
Los medios de comunicación del país informaron que esa mañana a punto de ingresar al Teatro de la República, una colaboradora y un guardaespaldas se agachan para limpiar los zapatos del ministro de origen oaxaqueño, abogado egresado de la Universidad Autónoma Benito Juárez, mostrando al país entero un acto que es denigrante para la mujer y el ayudante de la seguridad, cuyos sueldos costeados con los impuestos de la población, en ningún caso deben aprobarse para esa clase de tareas.
El licenciado Hugo Aguilar, quien llegó al cargo con ayuda de los célebres acordeones de la elección aprobada por el INE, y en aquel tiempo hablando del respeto a la legalidad, al indigenismo y a los pueblos originarios, además de esta acción detestable, acababa de exponerse a los reflectores de la opinión pública días antes, con una fallida adquisición de costosas camionetas Grand Cherokee blindadas, que representaban un alto costo para el erario.
Antes de estos casos se había filtrado también la cuantiosa erogación de sus actos protocolarios de entrega de bastones de mando indígena a los integrantes del Poder Judicial, un esquema protocolario iniciado por López Obrador.
La pequeñez de este ministro del acordeón le mueve a utilizar la camiseta indígena sin pudor y sin mostrar con sus actos ningún respeto a los pueblos originarios, obligando a la sociedad a recordar la inteligencia y la estatura moral y política de Benito Juárez, el Indio de Guelatao, reconocido más allá de las fronteras.
Por desgracia y sin vergüenza alguna, en estos siete años de obradorismo cuatrotero, los gobernantes y dirigentes morenistas usan a la población indígena y a los pueblos originarios como simples estandartes de su política de manejo de masas.
Y ni pensar en la honrada medianía que aconsejaba e impulsaba Benito Juárez ante gobernantes y servidores públicos de su generación. Con todo y la cuarta transformación y los segundo y tercer piso de Claudia y el que ya asoma (con Andy López Beltrán como beneficiario), México sigue igual sin crecimiento, sin progreso y sin futuro.
Porque lo real son Los Bartlett, los Duarte, los López Beltrán, los Cuauhtémoc, los Cuitláhuac y muchos otros más, que se olvidaron de los principios y valores, que transgredieron las leyes y trascendieron los siglos, las décadas y los días, como finos ladrones de cuellos blancos y manos con uñas largas que hieden a excremento.







