Lo que está sucediendo en estos momentos en México y en prácticamente todos los estados y municipios, recuerda aquel pequeño cuento del perro que va ladrando por el pueblo, y que conforme avanza por la calle se le van sumando canes, imitando su ladrido. La moraleja de ese cuento dice que el problema de esa manera de seguir a un líder, es que sólo el que va adelante sabe por qué y para qué va ladrando; los demás sólo siguen la inercia que va creando el agrupamiento, ignorando las razones y fines de semejante marcha.
Y eso es lo que se observa en estos tiempos de cambio de estafetas en el poder mexicano. El líder más exitoso en ese ejercicio de jalar seguidores, es el por tercera ocasión candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, quien día a día suma adeptos de todos los colores, formas y tamaños a su causa. El problema es que sólo el tabasqueño, y nadie más, sabe a ciencia cierta, cómo será ya bajo su batuta, el mundo soñado o el edén prometido. Será en ese momento de revelación ante la realidad, cuando tal vez muchos piensen en la inocente facilidad con que se sumaron con los ojos cerrados a semejantes propósitos o despropósitos.
Otro de esos guías exitosos, trata de serlo José Antonio Meade, precandidato presidencial del PRI, quien primero tuvo que sortear la ligereza del dedo designador en su partido. Una vez conseguida la nominación, su elección cupular, lo hizo convertirse en objetivo de la pequeña cargada tricolor. Pequeña, porque muchos decepcionados harán como que suman y otros, más decepcionados, seguirán marchando, pero hacia otros derroteros políticos.
En el caso de Ricardo Anaya, este lenguaraz dirigente trata de irse de frente y por el frente, utilizando junto a su exiguo panismo, al perredismo y al movimiento (na/na/na/na/na/na) naranja. Igualmente, el problema es que el astuto Ricardo, que ya tararea muy bien el himno dantista junto a otros decires, una vez llegue, si lo dejan, empezará a utilizar el ladrido de sus verdaderas ambiciones, generalmente económicas, como ha sido hasta ahora.
Pero en Veracruz también somos buenos para seguir a líderes con ladrido persuasivo que después nos dejan ladrando en la loma, sin atender los llamados. Eso sucedió en la elección a gobernador de 2016, cuando una cosa era lo que escuchaban los esperanzados oídos de los jarochos, y otra muy distinta fue la situación, cuando el líder llegó a su meta.
En estos días, las redes sociales están funcionando a límites que anuncian implosión o explosión. Basta con encontrarse una publicación diferente o contraria a la de aquellos que dirigen masas manipulables (amasables), para que el valiente que publica, se lleve una cruel lapidación, que muchas de las veces, refleja intolerancia, rencor y hasta odio profundo.
Y en esto de irse a la cargada, esta semana el tema se refleja en demasía en Xalapa. Bastó con que Hipólito Rodríguez cometiera su primer error, a causa de una imposición de colaboradores foráneos de su partido, que no de él, para que las plumas acechantes se fueran en cargada contra el alcalde xalapeño, junto a manos azules y rojas que controlan con metálico a belicosas redes sociales.
Desde luego, hemos de recordar que esas hordas lapidarias no dijeron nada respecto a muchísimos no veracruzanos que han llegado en otros gobiernos y en todos los años desde lejanos lugares. Muestras hay de sobra, incluyendo hasta gobernadores del estado. Y de los cientos de veracruzanos que han ido a otras entidades federativas, menos.
Caso parecido al que se sigue a nivel nacional para hacernos ver que Pepe Meade está dando batalla para la presidencia. Y se tuvo que hacer en el campamento priista, porque como en la revolución, en México se acostumbra disparar a discreción y sin objeción moral en la dirección que se requiera.
Octavio Paz y otros ilustres pensadores mexicanos han referido puntualmente nuestra proclividad para irnos a la cargada. Y ocurre desde antes de la conquista por los españoles que comandaba Hernán Cortés.
Los mexicanos somos hijos de la cargada.
