Desde que inició el proceso electoral, pareciera que no están importando mucho ni las proposiciones u ofrecimientos de los candidatos, ni tampoco la aparente honestidad que presumen ante la sociedad. El abanico de propuestas y la demostración de honorabilidad no han logrado incidir sustancialmente en las cifras de aprobación respecto a cada uno de ellos.
A como se han presentado hasta ahora los números de la mayoría de encuestas en relación a los candidatos a presidente de la república y a las gubernaturas que estarán en juego este primero de julio, todo indica que lo que la población anhela simplemente es un cambio de estafeta en el gobierno. Y hay una constante. Hasta este momento, la población sólo ubica ese cambio en fórmulas, candidatos o partidos distintos al PRI.
Después de meses de escarceos políticos, selección de candidatos, precampañas y lo que se lleva de campaña formal, los estudios demoscópicos coinciden en dar mayores puntuaciones a los candidatos morenistas, o en menor grado a los del frente constituido por Ricardo Anaya y sus adherentes, dejando en los últimos lugares a los del PRI y a los independientes.
Y parece que tomando en cuenta esta situación, el sistema mexicano nos ha ofrecido un abanico de posibilidades que desde este lunes incorporó a uno más, en la figura de Jaime Rodríguez Calderón El Bronco y que pudiera crecer con la posible llegada de Armando El Jaguar Ríos Píter.
Es como si algún ser omnipotente nos dijera: “Si lo que quieres es cambio, ahí te van varios para que escojas a gusto”.
Quizá esa interpretación suene a ligereza, pero, entonces, cómo podría tomarse de otra forma la sorpresiva sentencia del lunes por la noche que emitió el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) y que echó abajo un acuerdo del Instituto Nacional Electoral (INE), permitiendo que el aspirante regiomontano llegara a la boleta electoral.
Y cuando esto ocurre, la gente normal recuerda la suerte de irregularidades que el propio Instituto nos comunicó sobre ese aspirante independiente a la presidencia. Acaso la honestidad del candidato fue mejorada. Claro que no, pero eso es insustancial en estos tiempos de ausencia de valores y decadencia moral.
Acaso la población no ha percibido o cuestionado las maneras en que Andrés Manuel lleva su vida económica, a prueba de todo tipo de interrogantes y censuras. Desde luego que lo sabe o lo sospecha. Pero el tema le tiene sin cuidado. Casi es el mismo caso respecto a los continuos señalamientos de vida deshonesta del joven Ricardo Anaya.
Porque, por mucho que se hable de la honorabilidad de Meade o de Margarita Zavala, al primero, lo asocian con los aciagos tiempos de Felipe Calderón y más tarde con su colaboración con el gobierno de Peña Nieto. Y en relación a Margarita, nadie le puede quitar el lastre que representa el cuestionado historial de Calderón en su etapa presidencial.
A como se ven las cosas, poco parece importar la honestidad de los candidatos. Y si hablamos de sus propuestas, muy pocos parecen tomarlas en cuenta. Lo que la gente visualiza es la necesidad o urgencia de cambio en la presidencia y en las gubernaturas. Ya probaron muchos años con el PRI en la primera magistratura federal. Ya conocieron dos sexenios con el PAN. Les queda como opción Andrés Manuel y su partido MORENA. De los independientes, todo indica que quedarán abajo en las encuestas y en la votación.
De los tres debates programados para los candidatos presidenciales, poco parece importar a quienes ya decidieron su voto. Y del primero de ellos el próximo 22 de abril a las ocho de la noche, habrá que ver si la población mexicana prefiere ver la serie de Netflix sobre la vida de Luis Miguel, cuyo inicio se ha programado para esa fecha.
Total, como dicen los morenistas, ya se sabe quién es el Peje y de que tamaños son sus dichos y propuestas. Lo que se quiere es un cambio, nada más. Entonces, pensarán los futuros electores, para qué perder el tiempo en debates con gente que va abajo en las encuestas y en la conversación pública.
