Su mirada siguió la horizontal trayectoria de una gaviota que cruzaba sobre la verde laguna. El ave empequeñecía a lo lejos, perdiéndose más allá de los manglares. La quietud del mediodía sólo era rota por los graznidos y parloteos de gansos, garzas y guacamayas.

Sentado bajo la fronda de una añosa higuera, el hombre sentía que el silencio del sitio y el clima de junio le agobiaban el alma y los sentidos. Apenas aclaró el día, había salido de la hacienda para andar el camino con libertad, dejando al azar el rumbo de sus pasos. Necesitaba pensar en los problemas que se le venían encima y en la manera de resolverlos.

En medio de sus cavilaciones, y sin darse cuenta de lo que sucedía alrededor, unos minutos más tarde, llegó al lugar preferido por sus ojos desde la lejana infancia. El panorama que tenía ante sí, lo hizo descubrir que hasta ese momento, no había entendido la razón por la que el paisaje lacustre que veía, era casi el paraíso, un escenario edénico que le brindaba alivio y tranquilidad. Como siempre.

Sus recuerdos lo llevaron a aquella vez cuando aún era niño, en que su padre le platicó una animada conversación del abuelo con hijos y parientes cercanos, en la que se narraba el sueño de uno de sus antepasados, y en el cual, alguien de la familia Jonás, llegaba a gobernar extensos territorios frente al Golfo de México, consiguiendo cubrirlos de armonía y prosperidad.

Era un viejo sueño, seguramente transmitido de generación en generación, durante siglos o décadas. Pero ese ideal estaba en condiciones de convertirse en realidad. Al paso de los años, y con él como protagonista, la familia podía comprobar que esa antigua aspiración estaba en los genes de los orgullosos descendientes de ese ilustre apellido de la región de La Barca.

Frente a la hermosa laguna que cortó sus pasos esa mañana, Martín Jonás sintió en su rostro una andanada de aire fresco, que a esa hora solían empujar tierra adentro, la brisa y el oleaje del cercano mar. Ante la soledad del momento y henchido de orgullo, el recio caminante ofreció con vehemencia su mayor esfuerzo para hacer posible el ansiado sueño de sus ancestros.

Satisfecho por lo conseguido hasta ese día en los terrenos del poder y la alta política nacional, juró llevar a su pueblo a un destino diferente a la miseria y desolación, adonde lo habían conducido hombres y mujeres infieles, carentes de talento y patriotismo.

Santa Cruz de los Tres Corazones, volvería a ser uno de los estados más sobresalientes de la República. Por fin, sus paisanos iban a encontrar un cambio total con Martín Jonás como líder.

Era un cambio que no podía esperar. Una transformación necesaria y urgente debido a que allí todo estaba corrompido. El medio ambiente, la sociedad y, quizá, hasta las ideas. Por tanto, resultaba una acción obligada e inmediata.

Lo peor de todo eran las señales inequívocas, entre ellas las que se evidenciaban horrorosamente. Aquellos indicios o augurios de carácter natural, que todo minaban. Por ejemplo, los siete caudalosos ríos que antaño dieron vida y belleza a los campos del terruño, estaban convertidos en cloacas que arrastraban contaminantes y pudrición.

Las tierras fértiles de otros tiempos, ahora eran páramos abandonados y cementerios clandestinos llenos de cadáveres baleados o mutilados, de desaparecidos y llantos inconsolables. Las grandes poblaciones habían sido mermadas por el terror y el éxodo obligado. Los empobrecidos y persistentes habitantes de las ciudades, tuvieron que conformarse con las migajas que dejaron aquellos que marcharon con las alforjas llenas, que acabaron con la producción y que guardaron en bancos extranjeros esos capitales mal habidos.

Pero lo más difícil sería encontrar una fórmula para alejar a la gente del hartazgo, de la inacción y de la falta de confianza. Lo más grave era la desesperanza en que muchos habían caído. La de los vivos muertos que flotaban por doquier. Martín se daba cuenta de que él y los líderes regionales que lo seguían y respetaban, tendrían que echar a andar todo tipo de estrategias para levantar al pauperizado estado.

Después del silencioso juramento matinal en el estero, continuó extasiado en lo que sus ojos veían. Meditó en la dificultad de la tarea que tenía por delante en ese enorme desierto de ilusiones. Agradeció a los dioses que no estuviera solo en esa encomienda. Sus hijos, varones y arrojados como él, acometerían gustosos y sin descanso ese compromiso que el destino les había deparado.

Con él como patriarca, la dinastía Jonás asumiría desde ese instante la honrosa promesa de atender y resolver las necesidades sociales, de proporcionar paz y seguridad, de cuidar la cultura y las tradiciones y, sobre todo, hacerlo con la convicción de acrecentar el prestigio nacional de Santa Cruz, como uno de los principales estados de la República.

La familia contaba con el respaldo de gran parte de la población. Por otro lado, los hombres de la dinastía poseían las capacidades, atributos y condiciones suficientes para afrontar ese histórico reto.

Continuará…

 

Publicidad