Su paso por el gobierno federal no hizo honor al mimado río que desde hace muchas décadas da agua limpia y fresca a Madrid. Tampoco honró a los ilustres personajes que llevaron el apellido Lozoya.

Las oscuras componendas entre la empresa brasileña Odebrecht y Emilio Lozoya Austin, el cuestionado exdirector de Petróleos Mexicanos, que llenan de escándalo a la nación, muestran la corrupción y decadencia del sistema político mexicano en general. La conversación pública está llena de “Lozoyas”, y para desgracia de algunos grupos políticos, el apellido puede llevar a la imaginación popular a evocar palabras como losas, “losotas” y sepulcros.

Y es que en estos meses en que la sociedad critica la medianía concedida por las diferentes fuerzas políticas al Sistema Nacional Anticorrupción, así como el incongruente discurso contra la impunidad, o las recientes reformas “modernizadoras” a los estatutos del partido en el poder, el tema Lozoya viene a sepultar todo indicio de renovación, honestidad y progreso. Porque sin lugar a dudas, el caso Lozoya se ha convertido en la pesada losa de una sepultura.

Una sepultura con un valor de diez millones de dólares. Abundante para el que se quedó con esa riqueza mal habida. En realidad, una tranza corriente y barata, como diría un omnipresente político veracruzano, alguna vez que lo inquirieron sobre el alto precio de una ambicionada negociación en los días de plenitud: “Lo que tiene precio, siempre es barato”.

Y barata y corriente es la forma en que se fue al carajo todo lo que tiene que ver con Peña Nieto y su gobierno. Diez millones de dólares y diez millones de dolores de cabeza para todos aquellos que tratan de llevar a buen puerto la sucesión presidencial priista el próximo año. Misión imposible.

Ahora, veremos que sucede con el caso Lozoya cuando pase por el cedazo del estrenado “sistema nacional anticorrupción”. Los mexicanos estarán pendientes de ese asunto, como ya lo están del terrible socavón carretero de Ruiz Esparza y la SCT. O como ya siguen con atención los casos Duarte de Ochoa, Padrés, del Duarte chihuahueño, de Moreira, Borges, Medina, Vallejo, Torre, Aguirre,  Reyes y la cauda de gobernadores bendecidos y acariciados por la torpeza e inmoralidad de Peña Nieto.

Son tantos los casos de corrupción que llenaron de peste al país durante el gobierno peñista, que finalmente ese inmenso conjunto de podredumbre está carcomiendo los cimientos y la estructura del sistema político nacional. Lozoya y la losa que él representa, pueden sellar la sepultura del actual grupo en el poder y del partido político que los condujo al Palacio Nacional.

Lamentablemente, estos son tiempos de losas y sepulturas políticas.

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