Todo mundo sabe que Marcelo Ebrard Casaubón es uno de los políticos más preparados del gabinete federal. El exjefe de gobierno del Distrito Federal también ha sido uno de los aliados principales del ahora presidente de México. En algún mes de 2018, Andrés Manuel López Obrador lo designó como secretario de relaciones exteriores y desde ese tiempo algunos personajes lo ven como el caballo negro para la siguiente contienda presidencial. 

Y quizá esa última circunstancia -en la que se instala muy bien Ebrard- hubiera tenido que ver en la manera en que el titular del ejecutivo está manejando asuntos relacionados con la política exterior. Y no son pocos los que piensan que existe una persona de absoluta confianza del mandatario, que lo ayuda a descifrar y definir algunos estratégicos movimientos de política exterior y de negociaciones internacionales que ha realizado a la fecha.

Y esa persona cercanísima al presidente, ninguno puede afirmar que lo asesora con mala intención o de manera ingenua o ignorante. Porque no se puede calificar de esa manera a Beatriz Gutiérrez Müller, la esposa del titular del ejecutivo federal, quien cuenta con amplia trayectoria en el medio intelectual mexicano. 

Dos hechos recientes de la política nacional, han hecho pensar que Marcelo Ebrard no ha intervenido, como se supone haría el encargado de la política exterior. El primero es aquella reunión privada en la casa del segundo de Televisa, para recibir y negociar asuntos sensibles con el yerno de Donald Trump. Encuentro que se llevó a cabo un día después de que AMLO declarara que daba por terminada la etapa neoliberal en México. 

La reunión fue sumamente criticada por diversos sectores toda vez que el yerno incómodo representa lo opuesto al político tabasqueño. Y reunirse en el domicilio del principal colaborador y socio de Emilio Azcárraga, lo hizo verse muy distinto a lo que insiste en manifestar como mensaje de cambio morenista y de su cuarta transformación.

El otro tema altamente cuestionado en México y regularmente mencionado en España, fue el caso de las famosas cartas pidiendo al Papa Francisco y al Rey hispano, que ofrecieran una disculpa por el atraso en que, según él y mucha gente mexicana, han causado a los pueblos originarios nacionales.

El Papa no lo tomó muy a pecho, aunque el Vaticano ya declinó una invitación a visitar tierras mexicanas. El Rey Felipe VI ya ordenó una contestación desairando a Andrés Manuel, multiplicada negativamente por gente de la cultura y políticos españoles, a la que se sumó convenencieramente el premio Nobel Mario Vargas Llosa, quien décadas antes se atrevió a decir en México que su sistema político era la dictadura perfecta.

Han empezado a surgir explicaciones en torno a estos días atropellados en materia de relaciones exteriores de México: una, que surge como sospecha, es que Beatriz Gutiérrez es amiga cercana de Claudia Sheinbaum, fuerte aspirante a la presidencia; otra, que es un mensaje del presidente a su colaborador para enfriarle las ansias futuristas. Otra más, tiene que ver con que Ebrard no encuentra la hebra del nudo gordiano que significa el estilo presidencial. La última, y quizá la más real, que Andrés Manuel no ha encontrado la punta de la hebra del ovillo nacional y del encuadre internacional y sus serias complicaciones para su discurso y para la Patria. 

Pero también, si ese es el caso, un buen número de mexicanos sienten que no le encuentran la hebra a las maneras del presidente y a los actuales tiempos del país, donde muchas cosas no pasan de ser simples distractores de asuntos más delicados. 

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