El sistema nacional de salud no ve avances desde hace varias décadas. La corrupción generalizada ha permeado todas sus estructuras. Salvo honrosas excepciones marcadas por trayectorias limpias y en constante preparación profesional, las irregularidades las han cometido desde los mandatarios del país hasta los encargados de almacenes y desleales integrantes del cuerpo médico, incluidos los directivos y administradores. 

Mucho dinero del erario ha desaparecido sin que uno solo de los causantes de ese desastre haya pagado sus culpas. Todavía se recuerdan las decenas de hospitales que en algunos estados, Veracruz entre ellos, se quedaron a medio construir o sin equipos para operaciones o para curar enfermos.

Podría afirmarse que en la medida en que la política invadió las esferas de la salud, fue decayendo la calidad del servicio público de la medicina. Pero debe reconocerse que el personal médico y de enfermería, es el que, alejado de politiquerías, ha debido dar la cara, la humanidad y la capacidad para sacar adelante a la población mexicana que ha acudido a las diversas instalaciones del sector salud.

Fue justamente el criterio político asumido por el actual presidente de la república, el que empeoró lo que ya venía mal. Comenzó centralizando las adquisiciones de medicinas y atacando a los vendedores consentidos. La idea era buena, pero fue vencida por la soberbia y una austeridad mal entendida, cuando se juega con la vida de las personas. Así empezaron los problemas de que no hay medicamentos, de que no hay suficientes doctores y enfermeras. Después se creó el INSABI (Instituto de Salud para el Bienestar) y es hora de que no funciona al cien por ciento.

Y llegó el temible coronavirus y la pandemia que se transformó en miles de muertos por todos lados. Y también nos alcanzó la psicosis y la obligación del aislamiento para contener al Covid 19.

En paralelo, y como ya venía ocurriendo, se incrementan las inconformidades de responsables y médicos de hospitales y clínicas. Falta equipo, se requieren cientos de respiradores, faltan medicinas básicas, materiales de curación y el personal sufre sueldos insuficientes e injustos. No hay semana en que falte alguna manifestación de médicos o enfermeras, que saben que el coronavirus estará ante ellos y que ellos estarán en notable desventaja.

La moral baja de doctores y enfermeras será el frente de batalla contra la epidemia en México. Y es algo que no se puede negar y que el gobierno federal debe corregir.

Solo basta con acudir o visitar alguna clínica de pueblo, digamos, en la región de Perote, donde únicamente hay un joven pasante de medicina y una enfermera que atienden de 8 de la mañana a 4 de la tarde. Ahí se llegan a ver diariamente un promedio de 20 pacientes, la mayoría, muchachas embarazadas y personas con diabetes. El médico comenta que han llegado a atender hasta a 35 personas, a quienes, el agobiado par de profesionales de la salud, deben además hacer la correspondiente papelería burocrática que ordena el sistema operativo. 

Esta es la triste realidad médica nacional en pleno siglo XXI ante una temible peste apocalíptica que amenaza a la Patria. Solo Carlos Slim dio ayer una nota buena: donará mil millones de pesos a la lucha contra el coronavirus.

Mientras la sociedad se esfuerza porque no avance la enfermedad y se rebasen las camas de hospital disponibles, López Obrador convoca a que la gente siga saliendo a hacer su vida normal y a consumir los ricos antojitos tradicionales cuyo comercio sostiene a cientos de miles de familias del pueblo bueno que piensa que no conocerá el contagio.  

Negligencia e irresponsabilidad en muchos palacios de gobierno. Tremendo y peligroso déficit de hospitales equipados, de doctores bien pagados y de medicamentos de calidad.

Solo queda rezar. Dios los guarde a todos y salve a los mexicanos. 

Publicidad