Los amorosos tiempos de Andrés Manuel López Obrador y su partido Morena, seguramente motivaron al presidente Enrique Peña Nieto a ofrecer una larga entrevista en el noticiero principal de Televisa el martes por la noche.
El mandatario habló de los temas que, a su juicio, le afectan más en estos meses previos a que deje el gobierno de la república. La Casita Blanca, los muchachos muertos de Ayotzinapa, y el asunto de los gobernadores ladrones, no dejaron de tratarse en ese programa pregrabado en el Palacio Nacional.
La periodista Denise Maerker le acompañó en esa relatoría y en esas justificaciones que en nada cambian la percepción que los mexicanos tienen de él. Un presidente superfluo, con deficiencias en su preparación y generalmente cínico, es lo que ha enseñado el hombre del estado de México en estos casi seis años de gestión.
Porque, cómo se pretende cambiar en 40 minutos la opinión de los mexicanos, cuando un día antes Elba Esther Gordillo regresa a dar clases de desvergüenza, complicidad y descaro. Cómo pensar en algo positivo, si con ese tipo de decisiones cupulares, el propio Peña es el que se ha encargado de acabar de hundir el disminuido sistema de justicia nacional que teníamos.
Cómo salir a dar la cara con esa frescura, cuando contamos por decenas de miles, los muertos y asesinados a causa de la fallida estrategia de seguridad pública que él dejó que “inventara” el hidalguense Osorio Chong con sus desaforadas ansias presidenciales.
Cómo hablar a la cara a los mexicanos, si estos saben bien que el 60 por ciento de la población está en situación de pobreza. Qué hacemos con el desempleo que lastima a las familias mexicanas, y qué es lo que pueden comprar aquellos humildes compatriotas que ganan entre uno y tres salarios mínimos.
Cuántas personas podrán perdonarle sus fallas, si el nivel de endeudamiento público que dejó en la nación es increíblemente superior a todas las gestiones anteriores a la suya. Y dónde quedaron los resultados en infraestructura para el desarrollo.
Cuántas de aquellas obras magnas que iban a detonar la economía, no fueron iniciadas o concluidas, a pesar de haber firmado compromisos preliminares, que se convirtieron en su mayor parte, en molesta papelería y habladuría inútil. Para no abundar las obras inconclusas, sólo recordaremos el nuevo aeropuerto internacional, el tren de México a Toluca, y en Veracruz, las autopistas Cardel-Poza Rica y Tuxpan-Tampico.
O cómo justificaría Peña a sus funcionarios corruptos, como Gerardo Ruiz Esparza y sus socavones carreteros y monetarios en la SCT, o a Emilio Lozoya, ex de PEMEX, con su oscuro escándalo con Odebrecht.
Qué explicación razonable y justa puede dar el presidente Peña sobre el alto número de gobernadores que desfondaron las tesorerías y dejaron a los estados llenos de deudas inmensas con bancos y también con proveedores.
Qué puede decir de la ausencia de castigo ejemplar a los 16 exgobernadores investigados, presos o procesados, como Javier y César Duarte de Veracruz y Chihuahua, Roberto Borge de Quintana Roo, Tomás Yarrington de Tamaulipas, Andrés Granier de Tabasco, Rodrigo Medina de Nuevo León o a los otros corruptos como Padrés, Graco y el largo etcétera que sigue. Y cómo explicaría el primer mandatario, el hecho de que los millonarios fondos perdidos en esas entidades federativas no aparezcan por ningún lado. ¿Sabe poco, o tiene demasiado cargo de conciencia?
Son interrogantes que todo México hace; preguntas a las que Peña Nieto no tiene ni tendrá respuestas convincentes. Así haya una entrevista diaria a modo, de aquí a que entregue el cargo el 30 de noviembre.
Sin esforzarse mucho, Denise Maerker lo mostró como lo que ha sido. Un presidente que nunca estuvo a la altura del país que gobernó. A pregunta expresa, declaró que no sabe que es lo que va a hacer cuando deje el gobierno.
Aquí surge un cuestionamiento: ¿Será que alguna vez supo lo que hizo siendo presidente?
