PEPE YUNES: CRÓNICA DE UNA DERROTA ANUNCIADA

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El realismo mágico del nobel colombiano Gabriel García Márquez en su libro Crónica de una muerte anunciada, nos dejó un interesante relato de fatalidad y crimen, que sin duda alguna pasará a la posteridad literaria. Esa historia de ficción publicada en la década de los ochenta del siglo pasado, contiene aspectos parecidos al cruel sacrificio que sufrió José Francisco Yunes Zorrilla en su intento fallido para obtener la gubernatura estatal.

Porque lo que sucedió en torno al candidato tricolor y a su deslucida campaña, fue un imponente conjunto de circunstancias adversas, de calamidades consentidas, de engaños perdonados, de omisiones, traiciones y puñaladas traperas que lo empujaron a la barranca veracruzana más profunda. Pero eso ya estaba anunciado. No era sorpresa para nadie.

En su trayecto inacabado e imposible, hubo circunstancias difíciles de superar. La principal, haber sido parte de un partido que llevó al poder al gobernador más corrupto de todos los tiempos en el país, que no es otro más que Javier Duarte de Ochoa. Otra circunstancia, fue la derrota que en la lucha sucesoria previa, había tenido Héctor Yunes Landa ante su primo Miguel Ángel Yunes Linares, quien gobernará Veracruz hasta el 30 de noviembre próximo.

Justamente a finales de 2015, en ese tiempo de definiciones para designar al candidato priista que disputaría la gubernatura a Yunes Linares, quizá Pepe cometió el máximo error de su proyecto político. En esos meses, algunos personajes vinculados al poder, le sugirieron que ese era el momento adecuado para buscar ser gobernador, ya que él era el prospecto priista mejor posicionado y menos vinculado a los sexenios de Fidel Herrera y Javier Duarte. Pero Pepe no escuchó esos consejos.

Otro error fue el de haberse quedado parado durante la campaña por la gubernatura de Héctor Yunes. Muchos de los dirigentes regionales observaron con disgusto la división existente entre los senadores de su partido. Puede afirmarse que los dos políticos, llevarán en ese pecado la penitencia.

Cuando Yunes Zorrilla consiguió la candidatura en México, respaldado por sus amigos del ITAM cercanos a Peña Nieto, tampoco supo que hacer con la zorruna insistencia de Héctor para volver a ser el candidato. Y cuando desde el centro disciplinaron al de Soledad de Doblado, en ese momento se reescribió la historia de su ausencia en la campaña de Pepe.

Otra calamidad consentida por el ya candidato priista en 2018, fue el haber dejado su campaña en manos de una capillita de operadores y de difusores orgánicos sin mayor importancia en el ánimo de los votantes. Y al mando de todo ello, puso al dirigente del PRI más gris y omiso que ha habido en Veracruz. Américo Zúñiga, el que, a decir del propio Pepe, recibió del gobierno federal cientos de millones de pesos para obra en Xalapa, en su etapa de alcalde.

Pero éste pequeño dirigente partidista que nunca ganó una elección, jamás fue agradecido y recíproco con su fraterno amigo de infancia que le acarreaba recursos como senador de la república. Además de esa ingratitud, Américo no tenía las capacidades para comandar un ejército de dirigentes y promotores del voto. El exalcalde sólo tenía ojos para vigilar su floreciente hacienda y la elevada estatua que sin vergüenza alguna y en plena vía pública levantó a su difunto padre.

Y si se habla de los generales priistas que ayudarían a conseguir el triunfo, la mayor parte de ellos estaban embarrados por la enorme corrupción que habían cultivado y cosechado desde años atrás. Marcelo Montiel, el tal Morgado, Amadeo Flores (quien en plena carrera saltó a un caballo azul), Carlos Brito, Adolfo Mota, los Ferrari, Ranulfo Márquez y un largo etcétera, eran parte de la mafia en el poder, que la cansada sociedad, los morenistas y Andrés Manuel no iban a apoyar bajo ningún concepto.

En esa debacle, también tuvo que ver la actuación inexperta de la poderosa muchacha Brenda, la inefable mujer que dirigía desde la cerrada cúpula pepista y que ocasionaba repudio y desdén en los capitanes. Pero también las traiciones se daban día a día en casi todos los municipios. Primero, mucha gente caminó a los terrenos azules; después, emigró veleidosamente hacia el manto de Morena.

Al final, Pepe Yunes sucumbió en la oscuridad de su soledad y de su soberbia que no escuchaba palabras de apremio o sugerencias para corregir el rumbo. Le molestaba.

El domingo al mediodía, en que todo estaba fatalmente perdido, el disminuido hombre debe haberse mirado en el espejo ¡con un secreto dejo de satisfacción! Por fin se libraba de un destino proyectado por otros poderosos personajes de la campiña peroteña. Casi podría afirmarse que el exsenador descansó para siempre desde ese intimo instante fugaz.

Y habrá recordado lo que puntualmente le dijeron años atrás: “Si llega a la gubernatura un Yunes, este no podrá entregar el mando a otro con ese apellido. Así es que, si en verdad la quieres, este es el momento”. En ese vuelo, Pepe nunca entendió el mensaje.

Pero no la quiso ese día. Ni en ese momento, ni antes, ni este año. La gubernatura era un sueño de otra persona, no el suyo.

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