En cuanto se dio a conocer el proceso para la renovación de la rectoría de la Universidad Veracruzana para el periodo 2017-2021, aparecieron las candidaturas de los personajes ligados a nuestra Máxima Casa de Estudios, que buscan ocupar el más alto cargo de esa institución, a partir del primero de septiembre próximo.

Pero en esta ocasión, el proceso se dará en la época más compleja de toda la historia de esa casa de estudios, desde su creación. Al crítico estado en que se encuentra la universidad desde hace ya varios años, hay que sumarle la terrible situación económica, de falta de cohesión social y de inseguridad pública que sufre la población veracruzana, además de los difíciles tiempos políticos que se viven en el estado y en el país.

La Universidad está manifestando carencias graves en muchas de sus áreas sustantivas, principalmente aquellas que tienen que ver con la academia, la investigación y el apoyo a la sociedad. Hacia el interior, muchos actores universitarios señalan que la institución ha carecido de la autocrítica necesaria y la actualización de esquemas que permitan una mejor formación de sus estudiantes.

Hasta ahora, se sabe que hay siete prospectos para hacerse del cargo, entre ellos, la propia intención de Sara Ladrón de Guevara para permanecer otros cuatro años en la loma de la rectoría.

Además de ella, los otros prospectos son: Rosío Córdoba Plaza, Ragueb Chaín Revuelta, Rocío Ojeda Callado, Jorge Manzo Denes, Josué Cortés Zárate y Manlio Fabio Casarín León.

Ojalá que la Junta de Gobierno de la Universidad, el grupo colegiado que decide la designación, analice al mejor candidato que cuente con las condiciones académicas y administrativas y que pueda enfrentar los fuertes retos institucionales.

De todos ellos, el primero que seguramente desecharán, es el loco afán de notoriedad de Manlio Fabio Casarín León, quien también contendió hace cuatro años y a quien le faltan medallas para alcanzar esa posición.

En el caso de la actual Rectora, todavía se recuerdan las promesas incumplidas que vertió en su discurso inaugural en el cargo. Sus opositores en ese tiempo, opinaron que se habían agotado las posibilidades de cambio en la universidad y que seguirían los mismos vicios y deficiencias en que había incurrido su antecesor. Desde luego, anotaron que ella incumpliría los tres ejes de su propio Programa de Trabajo Estratégico 2013-2017.

Y no se equivocaron. La honorabilidad de la Universidad, que ella debió defender a capa y espada, la pusieron por los suelos el caso del título profesional “fast track” que firmó para Rogelio Franco, el deficiente secretario de gobierno yunista y el “estudio de mercado” que, dicen que hizo la Universidad, para justificar la contratación y pago a medios de comunicación por parte del Congreso del Estado, que llevó al ojo del huracán a “Chico” Fuentes, su secretario de administración.

Con respecto a la innovación académica con calidad, que en su momento ofreció Sara, mejor ni hablamos. De la presencia en el entorno (de la Universidad, y no de la Rectora) y el impacto social, esa es una de las mayores y más lamentables vergüenzas.

Por esas razones, hace algunos días, cuando ella habló de sus aspiraciones para reelegirse y mencionó como sus premisas fundamentales a la pertenencia y la pertinencia, lo único que motivó fue el rechazo general al conocer tan impertinente propuesta.

“Lis de Veracruz, arte ciencia, luz”. Altos conceptos a los que deben apegarse quienes designarán al nuevo Rector de la Universidad Veracruzana.

Con esas propuestas, la Universidad Veracruzana seguirá una ruta gris, como en la que ha estado en estos últimos años.

 

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