La última década del siglo pasado trajo al mundo y a México dos organizaciones no gubernamentales que tienen que ver con la lucha contra la corrupción y la impunidad. A nivel global, y con la participación de más de 70 países, nació primero Transparencia Internacional. De manera similar en sus fines, y adhiriéndose a ella inmediatamente, en nuestro país se creó Transparencia Mexicana durante el último año del siglo XX.

Todos hemos observado los temas que usualmente tratan estas instituciones y, quien lo iba a decir, transparencia es algo muy importante que le ha faltado a Veracruz durante estos primeros años del tercer milenio, cuando todo supone abundancia de ilustración, progreso, valores y justicia.

Hemos escuchado que Veracruz ocupa, tal vez, el primer lugar mundial cuando se habla de corrupción gubernamental. Y quizá en el asunto de la impunidad, ocupemos también ese deshonroso sitio.

Es entonces cuando pensamos en los procesos de transparencia institucional en el gobierno del estado. Hace más de un año, el titular de la Auditoría Superior de la Federación (ASF) nos sorprendió en cadena nacional con la noticia de que en Veracruz se habían perdido 35 mil millones de pesos, que la administración estatal no podía comprobarle al gobierno federal. Incluso dijo que el gobernador Duarte debía estar en la cárcel.

Después vinieron como en apestosa cascada diarreica, las denuncias de la propia ASF, la denuncia periodística sobre las empresas fantasma, la renuncia del ex gobernador Javier Duarte y su huida inmediata. Después la denuncia de la Procuraduría General de Justicia contra él, así como otras denuncias contra sus cómplices.

Hasta que por fin, llegó el primero de diciembre y el cambio de gobernador. Conforme a sus dichos de campaña, todos esperamos que Miguel Ángel Yunes Linares, el mesías salvador de la patria chica, limpiara el oprobio y el abuso y llevara al estado a un verdadero cambio, con rescate incluido.

Desde ese momento pudimos observar los intentos yunistas por arreglar el desbarajuste duartista. Pero también vimos acciones para desarreglar lo que estaba bien. Así corrieron a miles de empleados para contratar a otros miles. Y desde el principio vimos los logros punitivos. Noticias de hallazgos en horario estelar, grandes revelaciones de cómplices, denuncias y más denuncias, recuperación de ranchos y cosas menores. Lo último, un tremendo bodegazo con diario personal incluido. Hace poco, otras persecuciones y otras detenciones de cómplices.

Pero surgieron los problemas con el exigente pueblo que también quiere transparencia. Dónde está el dinero, cuánto se ha recuperado, porque aún no lo hemos visto. Conclusión: ya encontraron un poquito.

Hasta la semana pasada este es el conteo: tenemos un gobernador perdido en el espacio interestelar, donde obvio, las fiscalías y procuradurías no pueden llegar. Seis detenciones y un pollito en fuga desde el viernes pasado.

Pero lo triste del caso, es que pasarán y pasarán detenciones, y los dineros perdidos y robados no aparecerán. Podremos llegar a 20, a 30, o a 100 o más detenidos. Y la gente se preguntará si habrá alguna recuperación en metálico, similar a lo robado. Porque para eso queríamos a los ladrones, no para publicidad preelectoral.

Aquí es donde pensamos, otra vez, en la transparencia veracruzana –acaso en la necesidad de crearla como institución de la sociedad, recordando a Transparencia Internacional, o a Transparencia Mexicana–. Pero también pensamos en nuestro gobierno actual, a quien le pedimos actuar como a la hermosa Pompeya Sila, a quien su marido el César exigió que no sólo debía ser honrada, sino que también tenía que parecerlo.

Es cuando surgen los siguientes cuestionamientos: ¿Existe suficiente transparencia en estos casos de corrupción, en los dineros recuperados y en los que piensan recuperar, y en los procesos que realizan desde el punto de vista judicial y administrativo. ¿O está haciendo falta lo que Cayo Julio César le exigía a su mujer?

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