El próximo mes de abril se cumplirá un año de la terrible matanza de ciudadanos en la ciudad de Minatitlán. Y hasta ahora, ni el primer destacamento de la guardia civil que fue a instalar el presidente López Obrador, ni las instancias de seguridad pública y las fiscalías federal y estatal, han podido hacer justicia y brindar tranquilidad en esa zona metropolitana. 

Igual circunstancia ocurre en torno a los lamentables hechos suscitados meses después en Coatzacoalcos (incendio del bar Caballo Blanco). 45 personas asesinadas y 16 heridos hacen recordar el desinterés oficial, por ello, pareciera que allí no ha sucedido nada. Pero todo aquello sigue igual o peor. En esas ciudades y en toda la región sur de Veracruz continúan los secuestros, los asesinatos, los feminicidios, los cobros de piso y los incendios nocturnos de establecimientos comerciales.

El discurso obradorista de que por fin había llegado la hora feliz del sureste, no ha pasado de simple anuncio. Las cifras de muertos y de delitos de todo tipo son inéditas e imparables. Mucha gente ha emigrado dejando al garete propiedades y empresas. La economía decae día tras día y crece el deterioro en todos los indicadores económicos y sociales. Las autoridades municipales prefieren ser omisos a enfrentarse a los delincuentes. 

Pero no solo en Minatitlán y Coatzacoalcos se ven esas trágicas escenas. En municipios de la región sur de Veracruz, desde Tierra Blanca y Lerdo de Tejada hasta los límites con Oaxaca, Chiapas y Tabasco, la región arde y se consume como si hubiese sido visitada por los cuatro jinetes del Apocalipsis. 

Los proyectos de reactivación ofrecidos continúan en etapa de planeación y difusión masiva. El proyecto del Corredor del Istmo, sigue en proyecto, como hace 30 o 10 años. La siembra de bienestar y la siembra masiva de árboles -prometieron un millón de ejemplares- camina a paso de oruga, y lo grave es que los ganaderos y productores agropecuarios se han quejado de que muchos pequeños propietarios han destruido macizos boscosos y áreas forestadas, con el fin de conseguir apoyos federales para resembrar esos terrenos o solo para ayudarse económicamente. Es decir, destruir bosque para volver a sembrar árboles, mediante los consabidos subsidios para la producción. También se han quejado de la poca calidad de los becerros y ganado que han llegado a los pocos y afortunados beneficiados.

El abrumador número de secuestros, desapariciones de personas, cobros de piso y asesinatos en la región, motivaron hace pocos días la organización de los ganaderos del sur de Veracruz. Las redes sociales mostraron las caravanas de vehículos (500 camionetas) que transitaban por carreteras y autopistas rumbo a Las Choapas, donde los viajeros se reunieron e indicaron que se estaban organizando con las autodefensas comunitarias para hacer equipo y protegerse para sobrevivir a las temibles organizaciones criminales que campean a sus anchas y sin reparo alguno.

Un estado de indefensión generalizada es lo que perciben y viven los veracruzanos del sur. Una amplia región donde viven millones de personas y donde las autoridades encargadas de proporcionar la seguridad pública y la impartición de la justicia parecen estar muy lejos de la sede de los poderes estatales y de la supervisión de los altos jefes. Por esa razón algunos comienzan a preguntarse hasta dónde llegan los linderos del estado de Veracruz que sí interesa y atiende el gobierno de Cuitláhuac García Jiménez.

Mayor terror en las poblaciones, desánimo para emprender, pobreza creciente y surgimiento de autodefensas, es lo único que se vislumbra en el horizonte jarocho.

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