Por Jesús Lezama
Nos han querido vender la entelequia del “Estado del bienestar” como si fuera una epifanía azteca con tufo a redención social. El discurso oficial festeja con bombo y platillo cada tarjeta de pensión y cada transferencia mensual como si se tratara de un acto de filantropía divina financiado con el pecunio personal de la clase gobernante. Sin embargo, detrás del confeti presupuestal y la demagogia de mañanera, se esconde la operación de ingeniería social y control clientelar más ambiciosa de la política mexicana contemporánea.
La verdadera trampa no está en la dádiva, sino en el sometimiento. La vieja izquierda dogmática cometió el torpe error de querer expropiar fábricas y estatizar tortillerías; la versión guinda de la Cuarta Transformación, más astuta y pragmática, descubrió un atajo infinitamente más lucrativo: dejar las empresas intactas para dedicarse a expropiar la autonomía del ciudadano. No hace falta adueñarse de los medios de producción cuando el aparato estatal puede moldear, desde el presupuesto, la conducta, el consumo y la voluntad popular.
El balance de la “emancipación” oficialista consiste en:
Captura del tejido comunitario: Se desmanteló la solidaridad vecinal y familiar para sustituirla por un contrato de adhesión incondicional al partido-Gobierno.
Burocratización del afecto: La asistencia mutua entre ciudadanos pasó a convertirse en un trámite administrativo sujeto a la lealtad electoral.
La trampa de la dependencia: Se “liberó” al individuo de sus lazos tradicionales sólo para encadenarlo a una dependencia vertical y absoluta con el regulador estatal.
Confundir el reparto de efectivo con un modelo de desarrollo sostenible es un severo analfabetismo político. La corrupción, la asignación directa de contratos, los conflictos de interés y la colonización partidista de las instituciones no desaparecieron mágicamente con el cambio de régimen; Morena simplemente tomó el motor institucional que la socialdemocracia dejó encendido y lo afinó para aceitar su maquinaria de negociación y control territorial.
Llaman “justicia social” al paulatino desmantelamiento de las libertades individuales. Al final del día, la autonomía sin contrapesos y el asistencialismo sin generación de riqueza real sólo han dejado al ciudadano flotando en el vacío: profundamente desamparado y atrapado en la ventanilla de la burocracia oficial.








