Hace 33 años –la edad de Jesucristo cuando murió crucificado-, Ernesto Sábato publicó su Informe final –mejor conocido como Informe Sábato o, también, Informe Nunca Más- como presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas en Argentina.

Literal: los familiares de los desaparecidos casi crucifican al autor de Sobre héroes y tumbas porque no aceptaban que hubiera un final. Sí informe, pero no un nunca más. Y con razón, creo.

Aunque Sábato se defendía con un argumento sin disensión: “Los informes son controvertibles, subjetivos, materia de interminables discusiones; la realidad, en cambio, es contundente”. (De ahí aquella célebre pinta del mayo del 68 francés de “queremos sueños, no realidades” o el retrato de cuerpo entero que hacía Monsiváis sobre lo mismo: “La culpable de todo es la maldita realidad”).

Y así son los informes: terminales y nuncamasistas por así convenir a quien informa, pero siempre muy lejanos de la realidad, real, le agregaríamos nosotros los descreyentes de los bombos y platillos palabreros. Queremos realidades, no discursos. Clamamos como el crucificado hace dos mil años: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

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