Jesús Lezama

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Cuando se pudiera creer que los tiempos de la intolerancia solo se encuentran en los libros de historia, recordar -en un sentido más amplio y trascendente- que José María Luis Mora defendió en 1827 la libertad y la tolerancia (Discurso sobre las aversiones políticas que en tiempos de la revolución se profesaban los unos a otros los ciudadanos, en El Observador de la República mexicana) con argumentos en los que Jesús Reyes Heroles, en El liberalismo mexicano encontró un eco: 

“Mientras no se establezca por base moral y civil la tolerancia política y religiosa, es decir, la seguridad perfecta de no ser molestado por exponer las propias opiniones; mientras los hombres que siguen determinados principios se crean con obligación o facultad de maldecir o perseguir a los que profesan doctrina diferente o contraria; finalmente, mientras no se generalice el hábito de sufrir la contradicción y censura ajena, es imposible la regeneración política de los pueblos, porque éstos no llegan a reformarse sino cuando los ciudadanos gocen de las garantías sociales.”

Estamos obligados, como ciudadanos, a respetar al Estado, pero la intolerancia ultraja la razón y envilece la transformación que México espera.

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