Jesús Lezama

En el verano de 2030 la República Trigueña, ese vasto corral donde el maíz es sagrado y la memoria selectiva, la población amaneció con una espantosa cruda democrática. Durante más de una década el gallo guinda había cantado un evangelio de utilería desde el tejado del Palacio del Grano: “No robarás, no mentirás y no traicionarás”. Lo entonaba con tal fervor y parsimonia, que muchos confundieron la homilía con auditoría.

Pero la aritmética, esa hereje, hizo su letal trabajo.

El gallo perdió la presidencia del corral. No ante otro animal de partido -esas especies domesticadas que rotan el alpiste-, sino frente a un coyote improbable que emergió de un poder ciudadano; una jauría sin membrete que aprendió a organizarse sin pedir línea. El coyote no prometía paraísos; prometía inventarios; prometía revelar la corrupción del agonizante régimen.

La República Trigueña, cansada de la catequesis diaria, descubrió que el triple mandamiento funcionaba como cláusula moral en letras doradas, y como pie de página, en la práctica. Y votó. Y contó. Y el conteo fue más elocuente que cualquier mañanera de gallinero. Ahí no valieron engañosas canciones de protesta, cantaletas reguetoneras o corridos tumbados repitiendo el “voto por voto, casilla por casilla”.

Entonces comenzó la tragicomedia.

Los topos morenistas, expertos en “cacoso” subsuelo ideológico, declararon que el resultado era un espejismo neoliberal. Salieron a la superficie con cascos de consigna y empezaron a hostigar a las gallinas que sólo querían poner huevos sin ideología. “¡Resistencia!”, gritaban, evocando la épica de febrero de 2026, cuando un descocado desechable ideólogo, confundió derrota con derecho adquirido. Bloquearon caminos de hormigas, cercaron bebederos, rebautizaron el granero como “territorio en disputa”. Si no ganaban, al menos incendiarían la normalidad.

Mientras tanto, en la Casa del Trigo, las ardillas burócratas se atrincheraron entre legajos. Descubrieron súbitamente el valor terapéutico de la trituradora. El papel volaba en confeti administrativo. “Es depuración histórica”, decían histéricos, mientras el humo olía a contratos, sobreprecios y adjudicaciones directas con perfume de austeridad republicana.

Un cuervo pedagogo -célebre por su cruzada contra los libros incómodos- fue invocado como santo patrono de la fogata documental. Cuando dejó la Secretaría del Saber, años atrás, había dado cátedra práctica sobre cómo confundir archivo con amenaza, se le conocían las mañas de chivo en cristalería que dominaba hasta dormido. Quemar para proteger, borrar para transformar: la alquimia favorita de quienes creen que la memoria es un adversario político.

El gallo, desde lo alto del gallinero, se negó a aceptar la derrota.

—La República Trigueña soy yo cuando canto -cacareó-. Si mi voz no valida el conteo, el conteo no existe.

Pero el sol -insolente, autónomo y con furia purificadora- salió sin pedirle permiso.

Las vacas contribuyentes comenzaron a mugir con fastidio: habían financiado demasiadas utopías como para ahora pagar la mudanza. Los burros duros, eternos caricaturizados, fueron los primeros en comprender que el problema no era la alternancia sino la adicción al poder. Las abejas, explotadas en nombre del pueblo, dejaron de producir miel para el relato.

El coyote ganador pidió la llave del granero y una lista completa de inventarios. Le entregaron cajas vacías y discos duros amnésicos.

—Aquí no hay nada -dijeron las ardillas con sonrisa de manual-. Todo fue por el bien de la transformación.

La moraleja quedó escrita con ceniza sobre el muro principal:

Quien predica moral como eslogan y administra como botín, termina creyendo que perder es ilegal. Y cuando el poder se asume eterno, la democracia -esa ingrata y maldita práctica-, le recuerda que no es dueño del corral, apenas inquilino con contrato vencido.

En la República Trigueña, ese verano, el gallo aprendió que el canto no sustituye al conteo. Y que la historia, aunque intenten triturarla, siempre encuentra cómo rebrotar entre las grietas del establo.

Y con rojizos albores La Chingada Realidad se le dibujó en el mañanero horizonte.

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