Por Jesús Lezama
En El mercader de Venecia, Shakespeare imagina un contrato inverosímil: Antonio, incapaz de saldar una deuda, debe pagar con una libra de su propia carne. Si la escena conmueve y perturba cuatro siglos después es porque en ella palpita una verdad: hay dimensiones de lo humano que jamás deberían convertirse en mercancía.
Sin embargo, hoy firmamos un pacto aún más insólito. Ya no entregamos un trozo de cuerpo por pura desesperación; nos hemos colocado enteros en el escaparate de la miseria. Convertimos la identidad nacional en marca, el dolor en cifra y las relaciones humanas en meras transacciones. La libra de carne ya no la exige un acreedor en el tribunal; la ofrecemos voluntariamente cada vez que aceptamos que nuestro valor depende de nuestra capacidad para ser rentables y visibles.
En este omnipresente mercado, el producto somos nosotros. Entregamos la vida a la lógica implacable de la oferta y la demanda. La tragedia actual del sistema de salud en México responde con exactitud a esa misma dialéctica.
Desde el sexenio de Andrés Manuel López Obrador y la consolidación de Morena, la degradación de la sanidad pública no ha sido un hecho fortuito. Lo que se disfrazó de “transformación” se revela hoy como un colapso paulatino que bien podría responder a un diseño estratégico —fraguado en Palacio Nacional o en selectas mesas del gran capital empresarial— orientado a justificar la irrupción de un ente privado que ofrezca salud “accesible” a las mayorías.
Médicos, enfermeras, camilleros y personal administrativo han tomado las calles para exigir a la presidenta Claudia Sheinbaum lo elemental: salarios dignos, condiciones laborales justas y un suministro eficaz de insumos para atender a millones de mexicanos. Sin embargo, para la burocracia y los tejedores del poder, el sufrimiento ajeno sólo cobra relevancia si puede traducirse en monetización. Cuando la atención médica se vuelve divisa, cada segundo cotiza en bolsa.
Aquí subyace el verdadero quid de la cuestión. Durante más de un cuarto de siglo, la clase política de la “Cuarta Transformación” ha entregado concesiones clave al magnate Carlos Slim: desde el rescate inmobiliario del Centro Histórico de la Ciudad de México y Puebla, hasta emblemáticas megaobras de infraestructura (como el Tren Maya o la conectividad Monterrey-Coahuila) e ingeniería en el sector petrolero. Ante este panorama, cabe preguntarse si el desmantelamiento de la salud pública no es la antesala de un nuevo y lucrativo modelo de negocio, camuflado tras el espejismo de “Dinamarca”, mientras el auténtico botín se disputa en el corazón de Tenochtitlán.
Resulta plausible avizorar la creación de un sistema de sanidad privada de “bajo costo” —al más puro estilo de los paquetes Sin Límite de Telcel—, donde el ciudadano de a pie se vea forzado a comprar la eficiencia que el Estado le negó.
Así, la salud pública se podría encaminar hacia una privatización edulcorada para el “pueblo bueno y sabio”. Nos hemos dejado transformar en insumos financieros; la lógica del capital pervierte la solidaridad y convierte el derecho a la vida en mera ley de mercado. Resulta paradójico que un gobierno autoproclamado de izquierda geste, por omisión o por diseño, un negocio de corte neoliberal comparable a las mayores épocas del gobierno de Carlos Salinas de Gortari.
No somos productos por optimizar ni unidades de negocio listas para cotizar en bolsa. La mercantilización de la existencia nos degrada a límites insostenibles. La cuestión de fondo es si terminaremos rindiéndonos a esta marea o si seremos capaces de reaccionar a tiempo.
¿Será que pronto terminaremos pagando una suscripción mensual a una corporación para acceder a una salud “sin límite”? ¿Acaso las ambiciones de Slim no encuentran frontera con la 4T, o ya serán socios?
“No mentir, no robar y no traicionar” es un hermoso espejismo para ovejas de mente débil.







