En Veracruz, el petróleo no sólo contamina playas, también derrama mentiras oficiales.

A más de 20 días del arribo de hidrocarburos al Golfo de México, lo único que fluye con certeza no es la limpieza, ni la transparencia, ni las indemnizaciones, sino las versiones contradictorias. Más de 630 kilómetros de litoral -desde Veracruz hasta Tamaulipas- permanecen afectados mientras comunidades pesqueras sobreviven entre la parálisis económica y el clásico “espere instrucciones”, ese mantra burocrático que en México equivale a abandono institucional.

En tierra firme, pescadores sin ingresos; en el mar, manchas persistentes de chapopote; y en Palacio de Gobierno, un gobierno empeñado en minimizar daños, repartir culpas y, de paso, ningunear a quien ose preguntar demasiado.

La protagonista de esta tragicomedia es Rocío Nahle, quien ha optado por una estrategia conocida: negar lo evidente, exculpar a Pemex y sugerir que todo fue culpa de algún barco privado, casi fantasmal, que nadie puede identificar. Un culpable perfecto, inexistente, inubicable y, sobre todo, políticamente inofensivo.

Mientras tanto, la Secretaría de Marina habla de tres posibles orígenes y termina reconociendo que no hay certeza. En pocas palabras, no saben, pero tampoco parecen tener prisa por saber.

Las comunidades, en cambio, sí saben lo que ocurre. Saben que la pesca está detenida, que el dinero no llega y que las promesas gubernamentales flotan como el petróleo: a la deriva. En la Laguna del Ostión, cientos de familias pasaron de ganar 300 pesos diarios a la nada absoluta. Pero eso no aparece en los boletines optimistas que difunden profusamente los propagandistas del régimen.

El desastre no sólo es económico. Manglares contaminados, arrecifes en riesgo, tortugas amenazadas en plena antesala de su temporada de anidación. Pero desde el poder se insiste en el surrealismo: no hay afectaciones relevantes. A lo mucho, una tortuga “revolcada”. Una. Singular. Como si la biodiversidad se contara en anécdotas.

La limpieza, por su parte, es un espectáculo de simulación. Se recogen residuos para dejarlos en el mismo sitio. Se contrata a pescadores sin pagarles. Se les manda a trabajar sin protección. Una coreografía de improvisación que raya en lo grotesco.

Y cuando la prensa pregunta, la respuesta no es información sino desdén. El viejo reflejo autoritario: si incomoda, se minimiza; si insiste, se desacredita. La realidad, al parecer, estorba más que el chapopote.

Organizaciones civiles y comunidades han tenido que hacer lo que el Estado evita: documentar, mapear, denunciar. Porque en este país, incluso frente a un desastre ambiental de gran escala, la verdad sigue siendo una construcción ciudadana, no gubernamental.

El problema de fondo no es sólo el derrame. Es la estructura que lo permite: opacidad, impunidad y una narrativa oficial diseñada para administrar la crisis, no para resolverla.

Así, Veracruz ofrece una postal perfecta del México contemporáneo; playas negras, bolsillos vacíos y discursos blancos.

Cuando el petróleo llega a la costa, el gobierno no limpia, declara que todo está limpio.

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