Jesús Lezama
En pleno siglo XXI -2026, sin margen para excusas históricas- la Revolución Cubana no exige consignas, demanda balance. Lo que nació como una gesta contra la dictadura de Fulgencio Batista derivó, con el paso de las décadas, en un sistema político que no puede sostener hoy las promesas que lo legitimaron en 1959 bajo el liderazgo de Fidel Castro.
Sería intelectualmente deshonesto negar el contexto original. Desigualdad profunda, dependencia económica y autoritarismo previo. También lo sería ignorar que, en sus primeras décadas, el régimen logró avances concretos en educación y salud que le dieron reconocimiento internacional. Por fortuna, la historia no se congela en sus aciertos iniciales.
Más de seis décadas después, el saldo es otro. La concentración del poder, la ausencia de pluralismo político y las restricciones a libertades fundamentales han configurado un modelo rígido, con escasa capacidad de adaptación. A ello se suma una economía crónicamente debilitada, presionada tanto por errores internos como por factores externos, pero incapaz de ofrecer condiciones de bienestar sostenido para la mayoría de la población.
El problema central no es el origen del proyecto, sino su persistencia sin reformas estructurales profundas. Un sistema que se justifica en su pasado pero que no resuelve su presente termina atrapado en su fracaso, en sus mentiras.
Fuera de la isla, el debate tampoco escapa a la simplificación. En países como México, donde Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara prepararon la expedición que cambiaría el rumbo de Cuba, es curioso -o grotesco, según se quiera ver- que todavía sobreviven devotos (o hipócritas) del mito; los que han usado a la izquierda como una franquicia moral, rentable para unos cuantos, devastadora para muchos.
Bajo el discurso reciclado del “socialismo”, ciertos grupos han encontrado una fórmula infalible: hablar en nombre de los pobres mientras viven como ricos. Defender al oprimido desde el privilegio. Y, por supuesto, justificar lo injustificable; un régimen que ha encarcelado, censurado y expulsado a su propio pueblo.
Ese cinismo tiene a sus voceros y propagandistas -algunos cómodamente instalados en la política mexicana- para insistir en defender lo indefendible. Lo hacen con una mezcla de nostalgia mal entendida y conveniencia bien calculada. Romantizar dictaduras ajenas siempre ha sido más fácil que vivirlas.
Y la cultura ha sido, quizás, uno de los espacios donde esta tensión se expresa con mayor claridad. Silvio Rodríguez, figura central de la Nueva Trova Cubana, ha mantenido una postura cercana al proceso revolucionario, mientras que Pablo Milanés, un artista afín en los inicios de la Revolución Cubana, desde los años noventa, expresó abiertamente su desencanto frente a las desviaciones del sistema. Dos miradas nacidas del mismo origen, pero separadas por la experiencia.
Esa situación evoca una de las composiciones más emblemáticas de Joaquín Sabina, “Con la frente marchita“, quien nos muestra el riesgo de construir penas sobre relatos incompletos: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Ni la Cuba idílica que algunos evocan ni el vacío absoluto que otros describen alcanzan a explicar la realidad devastadora que viven los cubanos en la isla.
Hoy, esa región caribeña enfrenta un punto de inflexión. El desgaste institucional, la presión social creciente y la necesidad del desarrollo humano colocan al sistema ante una disyuntiva: cambiar o profundizar su estancamiento.
No podemos seguir paralizados en la pregunta: ¿qué fue la Revolución Cubana? sino ¿qué puede llegar a ser Cuba en el futuro?. Y la respuesta no debería construirse desde la nostalgia ni desde la negación, sino desde otra premisa: reconocer la historia completa, con sus logros y sus fracasos, para abrir paso a un modelo que garantice valores jurídicos tales como: justicia, libertad, legalidad, igualdad, pluralidad, paz, y condiciones de vida dignas para su población.
Ninguna revolución puede sostenerse indefinidamente en el pasado si no enmienda el presente.







