Juana Elizabeth Castro López

Según los científicos las personas pueden tener hasta sesenta mil pensamientos diarios y, de estos, la mayoría son negativos, repetitivos y del pasado. Nadie está exento de esto. Desafortunadamente, los malos pensamientos son como células cancerígenas que invaden rápidamente y deterioran la calidad de vida de la persona. Afortunadamente,  pueden ser detectados antes de que se vuelvan invasivos y degeneren en problemas irremediables. Aunque este es un mal cotidiano y actual ya hace mucho que las Sagradas Escrituras hablan sabiamente de esto, por ejemplo, señalan que un pensamiento negativo llevó a Caín a envidiar y odiar a su hermano Abel, al que finalmente asesinó y él tuvo que huir y vivir errante. Además, el texto Sagrado no sólo marca este problema de la naturaleza humana sino que lo diagnostica con exactitud y da el tratamiento eficaz y definitivo.  

Los pensamientos negativos son veneno.  “Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mateo).   A Jesús no le extrañó que tuvieran malos pensamientos sino que, conociendo lo tóxico de los pensamientos negativos, le pareció raro que les dieran albergue en sus corazones. Porque, generalmente se guardan cosas que son útiles, pero resulta un despropósito guardar algo que causa daño, como el pensamiento de inferioridad, de superioridad, de venganza, de lujuria, etc. ¿Para qué guardarlos en el corazón? 

Las Sagradas Escrituras hacen un diagnóstico exacto. ¿De dónde vienen? y ¿quién provoca los pensamientos negativos? El Salmo 1 dice “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado”. En otras palabras, los pensamientos negativos vienen de los malos consejos, de los hábitos nocivos y de sentarse a confraternizar con los burlones e injuriosos. El apóstol Santiago agrega que la disposición a esa clase de pensamientos es una elección personal; pues como él afirma: “…cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte”. Por otra parte, también advierte: “Pero si ustedes tienen envidias amargas y rivalidades en el corazón, dejen de presumir y de faltar a la verdad.  Ésa no es la sabiduría que desciende del cielo, sino que es terrenal, puramente humana y diabólica. Porque donde hay envidias y rivalidades, también hay confusión y toda clase de acciones malvadas. En cambio, la sabiduría que desciende del cielo es ante todo pura, y además pacífica, bondadosa, dócil, llena de compasión y de buenos frutos, imparcial y sincera” (Santiago). Por lo tanto, el resultado del diagnóstico presentado por las Sagradas Escrituras señala que los pensamientos malos o negativos son como semillas que el adversario quiere sembrar y, si lo logra, germinarán dando lugar a muchas obras de maldad, extraviando a los incautos y llevándolos a una vida estéril, sin propósito. 

Los pensamientos negativos vendrán, pero no se les debe dar espacio en el corazón. Son tan habituales que, Jesús dijo: “En el mundo tendréis aflicción…” (Juan). Y, es precisamente por esta  cotidianidad que las personas se acostumbran a ellos y no perciben cuán dañinos y mortales son. Pues, roban la paz y generan estados de ánimo sumamente perniciosos que impactan a nivel mental, físico, almático y espiritual. Guardarlos en el corazón es como amontonar  alimañas venenosas.  Hoy en día, los malos consejos y pésimos ejemplos viajan a la velocidad de la “fibra óptica” y se vuelven “virales”. Es fácil que vengan pensamientos negativos, lo antinatural es que se les dé espacio en el corazón. No se les debe recibir ni prestar atención. Lo mejor es bloquearlos, como a un “spam”.

¿Cómo impedir que los pensamientos negativos echen raíz en el corazón? Esta pregunta la contesta el texto Sagrado cuando habla del varón bienaventurado que disfruta leyendo la Palabra de Dios y en ella medita de día y de noche; para revisar su código personal de actuación a la luz de la Ley de Dios y, así,  poder corregirlo  y enriquecerlo. Esto lo hará ser “…como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará” (Salmos). Es decir,  la clave para evitar que el adversario siembre pensamientos está en cimentarse en la Palabra de Dios mediante la meditación continua de la misma.

La Palabra de Dios es la espada del Espíritu, mismo que inspiró las Sagradas Escrituras (Efesios) y protege la mente desvaneciendo cualquier pensamiento negativo. Por ejemplo, si viene un pensamiento de temor, inmediatamente lo desplaza con la poderosa y fiel promesa de Dios, que dice: “Caerán a tu lado mil, y diez mil a tu diestra; mas a ti no llegará” (Salmos). La Palabra de Dios tiene poder, con ella él creó, de la nada, todo cuanto existe. (Génesis)

Jesucristo es la Palabra viva y vencedora: Él dijo: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan). Ver las cosas como él las ve, habilita para discernir y percibir si el pensamiento es de Dios o del adversario; de tal manera que la persona ya no está ciega ante la realidad espiritual a la que se está enfrentando y puede manejarla saludablemente, para su propio bien y el de los que la rodean. 

En conclusión. Los pensamientos negativos abundan y son mayoría. Hay que rechazarlos, porque recibirlos en el corazón es albergar alimañas venenosas que robarán la paz, traerán destrucción y matarán la relación con Dios. Afortunadamente, cimentarse en la Palabra de Dios da el poder para cortar  la rutina de los malos pensamientos y ser transformados por medio de la renovación del entendimiento; para comprobar que la voluntad de Dios siempre es buena, agradable y perfecta (Romanos).  Cimentarse en la Palabra es establecerse en Jesucristo, él pelea a favor de nosotros y ya ha vencido. Ver y examinarlo todo de la misma manera en que lo mira él, hace sabio al sencillo, vivificando una muy cercana relación con Dios. Y, posicionados en él, “…la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”  (Filipenses).

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