El PRI en Veracruz no decidió renovarse. Decidió desaparecer. La reelección de Rodolfo Ramírez Arana como dirigente estatal para el periodo 2025-2029 no es un acto de unidad ni de estabilidad política, es la confirmación de que el partido perdió el instinto de supervivencia, si es que alguna vez lo tuvo.
Con menos votos, menos estructura territorial, menos militancia y una credibilidad pulverizada, el priismo veracruzano vuelve a poner al frente a la dirigencia responsable del colapso electoral. No hay corrección de rumbo. No hay autocrítica. Es la repetición del mismo método, un fracaso a mayores.
La farsa se consumó sin competencia interna. No hubo contienda porque no la permitieron. La dirigencia cerró filas para impedir cualquier alternativa que cuestionara el control del partido. El caso más evidente fue la exclusión de Ponciano Vázquez, exalcalde de Cosoleacaque y uno de los últimos liderazgos reales con territorio, estructura y reconocimiento social dentro del PRI veracruzano.
Dejarlo fuera no fue un error, fue una decisión política calculada. En el PRI de Ramírez Arana no caben perfiles con arrastre ciudadano ni capacidad de reconstrucción. Caben únicamente los leales y zalameros a su persona, aunque el aparato del partido esté vacío.
Se habló de unidad, de reconciliación y de puertas abiertas. Pero la realidad es brutalmente distinta. El PRI no está en crisis por quienes se fueron, sino por quienes se quedaron a administrar la decadencia. No se fueron los cuadros por falta de invitación; se fueron por hartazgo, por desencanto y por la ausencia total de rumbo.
De esa manera, para Morena será más sencillo consolidar su dominio y otras fuerzas disputarán el voto opositor, el PRI en Veracruz ni siquiera logrará ser opción. Las criticas que la actualizada dirigencia pudiera hacer al partido en el poder resultarán irrelevantes porque no hay liderazgo, estructura y credibilidad. Sin territorio y sin militancia activa, cualquier discurso es ‘fofo’.
Con Rodolfo Ramírez Arana y Carolina Gudiño al frente, el PRI toma la última ruta, la que conduce al cementerio político. No hay proyecto serio de reconstrucción ni intención de abrir el partido a nuevas voces. Hay una dirigencia atrincherada, preocupada por conservar el control interno y no ocupada en rescatar al partido del colapso.
Hoy el PRI veracruzano ya no pelea elecciones. Pelea por sobrevivir. La reelección no es un nuevo comienzo. Es el acto final.







