En Xalapa hay tragedias que no necesitan telón, basta con WiFi. La más reciente es el drama del Club Britania, donde algunos ya reparten culpas como si fueran canapés, mientras la justicia ni siquiera ha llegado a la puerta.

El protagonista de esta puesta en escena es Gerardo Rafael Garza Dávila, contralor del OPLE Veracruz, a quien le montaron un juicio exprés en redes sociales; sin expediente completo, sin pruebas públicas sólidas y, por supuesto, sin el pequeño detalle de una sentencia.

Para muchos, el camino fácil es olvidar el debido proceso. Estorba. Es lento, burocrático, poco “viral”. Lo eficiente en el siglo XXI es el tribunal digital, donde la evidencia se mide en likes y la culpabilidad en compartidos.

Sí, se ha filtrado la existencia de una denuncia ante la Fiscalía General del Estado de Veracruz. Pero en el mundo real -no en el de los timelines- una denuncia es apenas el punto de partida. No la meta, no la condena, no la hoguera. Convertirla en veredicto es como declarar campeón a un equipo en el calentamiento; entretenido, sí; serio, no.

Lo interesante aquí no es el fondo legal -que aún está por verse- sino el entusiasmo con el que algunos han decidido incendiar la reputación ajena con gasolina de rumor. Hay quienes, en su muy particular búsqueda de notoriedad, han perfeccionado una fórmula eficaz: “tú dame el nombre, yo pongo la injuria”. Total, el prestigio ajeno siempre arde mejor que el propio.

Por eso no sorprende que ahora se insinúe -con la delicadeza de un martillo- que el aparato institucional del OPLE habría sido utilizado para defender causas privadas. Acusación grave, sin duda, pero hasta ahora huérfana de evidencia verificable. Pero si los estrategas políticos y mediáticos de esta institución así lo hicieron deben pagar las consecuencias, por torpes. Aunque en estos tiempos, primero se acusa y luego -si hay tiempo y conviene- se comprueba.

Del otro lado, el empresario Marcos Salas Contreras encabeza la ofensiva, trasladando un conflicto interno de club al escaparate público. Estrategia vetusta. Si el pleito no se gana en la mesa, se escala al escenario. Y si el escenario es mediático, mejor.

Así, el Club Britania deja de ser club y se convierte en teatro. Uno donde los papeles están invertidos. Los acusadores actúan como jueces, los señalados como culpables anticipados y el público como jurado emocional.

¿Y Garza Dávila? Por ahora, más que villano probado, parece el personaje ideal para desviar reflectores en tiempos donde abundan problemas más serios en Veracruz y Xalapa. Funcionario, visible, con cargo público, el blanco perfecto. Ingredientes ideales para cocinar sospecha, aunque falte lo esencial, la prueba.

Quizá al final sí haya responsabilidades. O quizá no. Para eso existen las instituciones, no los hilos de Facebook. Pero mientras llega ese momento -si es que llega-, el espectáculo continúa.

Porque en Xalapa, como en toda buena tragicomedia, lo importante no es la verdad, sino quién logra contarla primero y con mayor escándalo.

Publicidad