Sábado, Distrito Federal”…. , como diría Chava Flores.

Y agregaría también el legendario Salvador Flores Rivera:

“Desde las diez ya no hay donde parar el coche,
ni un ruletero que lo quiera a uno llevar,
llegar al centro, atravesarlo es un desmoche,
un hormiguero no tiene tanto animal”.

Pero en esta ocasión, no hay tanto tráfico. Son las 11 de la mañana. Está tranquilo. Rápido llegué al Reclusorio Norte, el famoso RENO, pero que oficialmente se llama Reclusorio Preventivo Varonil Norte, ubicado exactamente en la frontera con el municipio de Tlalnepantla, Estado de México. Pero el RENO está del lado de la CDMX, en la populosa y violenta alcaldía de Gustavo A. Madero.

Los alrededores del centro penitenciario son realmente deprimentes. Mucha basura. Perros callejeros por doquier que hurgan entre los desechos. Las ratas asoman desde las alcantarillas con su mirada vidriosa. Hace calor, aunque muy temprano estaba bastante fresco.

Huele a quesadillas, a “sopes”, chorizo frito. Pululan los puestos semifijos con sus toldos sucios de todos colores y en donde venden de todo. Pregonan sus productos con su voz chillante, estridente. “Pásele… pásele… qué va a llevar”. Pero no sólo venden de todo. Rentan también lo que pueden. Te pueden alquilar hasta un pantalón de mezclilla usado para aquellos despistados que intentan entrar al RENO con los colores no permitidos: beige, blanco, azul marino, ni tampoco negro. Tiene su lógica. Esos son los colores que usan los internos, y por seguridad y control, ya adentro es necesario que los guardias sepan distinguir desde sus atalayas a los visitantes de los huéspedes.

Música de cumbia que tanto le gusta a algunos “chilangos”. A todo volumen. Taladra los oídos.

“Y EL RELÁMPAGO
VERDE DE LOS LOROS”…

Ya casi cerca de la “Aduana” del Cereso, decenas de loros, atrapan mi atención. ¿Loros? ¡Sí, loros!, que con sus estridentes y metálicos cantos arman tremendo escándalo entre las ramas de los árboles. Es raro. Cualquier tipo de ave nos hubiéramos imaginado encontrar aquí, menos a estos plumíferos verdosos. Cosas del cambio climático. “Y el relámpago verde de los loros”. Fue inevitable recordar el verso de Ramón López Velarde.

Es día de visita. Ingresan al RENO mujeres, muchas mujeres, de todas las edades, cargando bolsas con comida. Refrescos. Enormes chicharrones se asoman de los canastos lo mismo que bolillos en cantidades casi industriales, carnitas, tortas, tamales. Pocos hombres acuden a la visita. Pareciera que ellas son más solidarias (¿o signo de la cultura machista?) con el esposo, la pareja, el novio, el papá, abuelo, el tío, el primo, el sobrino.

Desde semanas atrás solicité la entrevista. Javier Duarte de Ochoa accedió. Pero el sábado 20, el acceso no fue tan rápido. Tramitología en su máxima expresión. Tras 45 minutos de larga espera, por fin pude ingresar, previa entrega de la credencial del IFE con su respectiva fotocopia. Luego, a firmar en una hoja de registros. Me anotaron con bolígrafo, en la parte inferior de la “muñeca”, unas claves, fecha y una firma. Luego, me mandaron a otra mesa en la que entregaron una pequeña ficha de ingreso en papel. También un gafete con un número de visitante. Luego me esperarían 6, 7 u 8 “filtros” de revisión. En el primero, revisaron por si traía algún objeto prohibido entre la ropa. Fue una revisión somera y breve.

Pero antes de que esto sucediera, lo del ingreso al penal, esperé a Cecil Duarte de Ochoa, quien me acompañó para guiarme en la zona de acceso.

NOS TOPAMOS CON JUAN COLLADO Y
SU ESPOSA YADHIRA CARRILLO

Ya adentro, los pasillos eran laberínticos. Por fin llegamos a la celda de Javier Duarte, pero él no estaba ahí, nos dijeron que nos aguardaba ya en el área de comedores. Pero pudimos saludar, ¡oh sorpresa!, al abogado Juan Collado, quien es “vecino” de Javier Duarte en esa estancia. El famoso jurisconsulto estaba sentado frente a una mesita, ubicada en el estrecho pasillo, en donde le hacían compañía su esposa Yadhira Carrillo y algunos de sus hijos, unos chavitos de entre 10 y 15 años.

Bajamos escaleras, doblamos casi en “U”, caminamos a la izquierda y vimos un área amplia de comedores. Avanzamos. Volteamos otra vez a la izquierda, y al fondo, casi pegada a la pared había una mesa. Algunos comensales. Unos cuatro o cinco, cuando mucho. Uno de ellos, era Javier Duarte de Ochoa, quien al reconocerme, se acercó a saludar de manera efusiva. También lo saludamos con gusto. Palmadas.

Lucía muy contento, enfundado en una fina guayabera color beige, pantalón del mismo color.
“Te veo bien”, le dije.
“Estoy bien”, respondió. Casi de inmediato, y con una seguridad pasmosa, afirmó que en unos meses más saldrá de la cárcel. Lo argumentó: que todo fue una farsa, que todo fue un montaje, un show mediático. Que a Enrique Peña le urgió un “chivo expiatorio” luego del escándalo de la Casa Blanca.
Y no se vio con falso optimismo ni con exceso de triunfalismo. Se veía muy convencido de lo que decía.

LAS DENUNCIAS DE WINCKLER
ESTÁN “PAPITA”

Vaticinó que va a ganar finalmente todos los amparos. Y es que, dijo, es falso lo de las empresas “fantasma” y que las cuentas bancarias de las que lo acusan fueron obtenidas de manera ilegal. Confía en que se aplicará el mismo criterio que se utilizó en favor de Moisés Mansur Cysneiros, a quien la PGR catalogó como su “prestanombres”, y quien la semana pasada obtuvo la protección de la justicia federal. En unos seis meses calcula Javier Duarte salir del Reclusorio Norte.
“¿Pero y los procesos que te abrió la FGE de Veracruz”.
“Esos están ´papita´; ya viste que varios de mis excolaboradores han salido libres… pues el mismo criterio legal deberán aplicar”.
Añade que se defenderá de las acusaciones de la Fiscalía veracruzana e interpondrá los amparos que sean necesarios para evitar abusos por parte del Fiscal Jorge Winckler.

ME ESTRESABA MÁS LA
GUBERNATURA QUE LA CÁRCEL

Contó asimismo que se siente más relajado porque hace meses lo cambiaron de celda. Estaba en una más aislada de la población penitenciaria. Solicitó por las vías legales y conducentes un espacio diferente. Le asignaron otro espacio en el que podía convivir más con los demás internos.
El carácter dicharachero de Javier le ha permitido hacer amistades. El ex mandatario ayudó a sus compañeros internos a construir un gimnasio, les echó la mano para tener sanitarios más higiénicos, les imparte clases, e incluso al menos 13 internos obtuvieron su libertad gracias a que les brindó asesoría jurídica.
“La neta, a Javier lo quieren mucho sus compañeros”, me comentó un ex colaborador de Duarte hace unos días. “Ejerce incluso un gran liderazgo”, añadió.
Pensábamos que había cierta exageración o que le ganaba el cariño a ese duartista.
Pero lo corroboramos. En casi tres horas que estuvimos ahí, fuimos testigos de cómo se le acercaban para saludar al ex gobernante, quien siempre les responde con una sonrisa o una clásica broma jarocha.
“¿Sigues tomando ansiolíticos o pastillas para los nervios”?, inquirimos.
“Las sigo tomando, pero no me vas a creer, en mucho menor dosis… me siento menos estresado que cuando era gobernador… es más mira: hace poco estaba soñando como cuando era gobernador, en el sueño me vi en una situación estresante, desperté casi gritando… y cuando me vi en mi celda, me sentí aliviado (carcajadas)”.

FIDEL HERRERA ES
CASI COMO MI PADRE

–¿Has podido tener alguna comunicación con Fidel Herrera Beltrán?, ¿cómo quedó la relación entre ustedes?
–Mira, te quiero decir algo: yo quiero mucho a Fidel Herrera; Fidel para mí es como mi Padre Político. Y, por cierto, hace poco le mandé un mensaje a Fidel.
–¿Cuál fue el mensaje?
–Le dije: si me quiere ayudar, no se meta.
–Un poco agresivo, el mensaje, ¿no?
–No, no… al contrario, se lo dije en buen plan.
–¿Con quién le mandaste el mensaje?
–Con su hijo Javier.
A un lado de la mesa en donde platicábamos había un recipiente alargado cubierto de hojas de plátano.
“Mira lo que te voy a invitar”.
“¿Qué es?”.
“Un lechoncito al horno… me lo trajeron hoy en la mañana, desde Veracruz”.
Minutos después trajeron pico de gallo, salsa de chile, salsa de chile habanero, Coca Cola bien fría.
“Y eso que estás a dieta”, bromeó un comensal.
“Pero hoy es sábado, se vale, ya de lunes a viernes me cuidaré”, respondió Javier.

YA NO TRAE BARBA NI ESTÁ RAPADO; USA GUAYABERA,
LUCE CASI COMO CUANDO ERA GOBERNADOR

-¿Qué sentiste Javier, cuando en Guatemala prácticamente te aventaron a una camioneta, esposado, ¿te sentiste humillado, vejado, vulnerable?
El semblante de Duarte cambió. Frunció el ceño y de manera escueta contestó: “me sentí muy mal, fue realmente horrible… violaron mis derechos”.
Siguió la charla. Ahí estaba Cecil, con su barba crecida, realmente abundante. En contraste, Javier Duarte ya no luce barba. Tampoco luce rapado. Con su guayabera beige se le ve casi como cuando era gobernador. Y con ese lechón al horno, las cocas, las salsas, los comensales (unos seis), la algarabía… de repente parecía que no estábamos en el Reclusorio Norte. Parecía que estábamos en Xalapa, en el Puerto de Veracruz o en Córdoba, como si fuera una reunión grillesca, una reunión casi “normal”. Pero no, estábamos en el RENO, rodeados de altas murallas, vigilados a distancia y con cierta prudencia, por los custodios.

TE PRESENTO A JAVIER NAVA; “YO NI LO CONOCÍA;
LO VINE A CONOCER AQUÍ ADENTRO”

“¡Conejo….conejo.., conejo”, gritó Duarte. Y el conejo llegó cerca de la mesa. Es un interno que hace labores de electricidad, fontanería, carpintería. El “conejo” bromeó con Duarte y Duarte por momentos se lo cotorreaba.
En esos instantes, se acercó un interno de 51 años de edad, alto, con cuerpo atlético.
“Mira Pepe, te voy a presentar a Javier Nava Soria, de quien dijeron que era mi Contador… pero qué crees, yo ni lo conocía, aquí adentro lo vine a conocer”.
Nava Soria iba acompañado de su esposa, quien ese sábado lo fue a visitar. Es una mujer de tez blanca, de baja estatura, menudita. Sonrió de manera cortés, pero en su mirada dejaba entrever el sufrimiento. Los ojos marchitos y el cutis reseco, enjuto.
“Y este hombre, te lo digo –señalando a Javier Nava- es inocente y muy pronto, cuestión de semanas o meses, va a salir”.
La esposa de Nava, añadió: “sí… gracias a Dios”.
Luego Duarte comentó que Nava juega muy bien fut bol. Que es un excelente deportista. Segundos después, Nava y su cónyuge, se fueron.

A SU HERMANO CECIL LO ADORAN, CASI COMO A UN ROCK STAR

“Aquí a mi hermano Cecil lo adoran, tiene muchos amigos”, dijo Javier.
Y es cierto, desde la entrada al penal, fuimos testigos de cómo tanto el personal administrativo como de custodia, le preguntaron: “Oye Ceci (sic), ya no habías venido”. Saludo de mano, de repente un abrazo. Todo mundo lo saluda.
Y Duarte lo bromea: “ya hasta una custodia le echa ojitos” (carcajadas).
Y es que Cecil es el que está más al pendiente de Javier. Con frecuencia lo visita y le lleva cosas que el ex gobernador necesita.
El lechón desapareció. Nos lo acabamos. Ya en la sobremesa, Cecil contó un chiste. Lo narró con mucha gracia. Todos reímos a carcajadas.
Al final, el postre. Un pastel de la pastelería “El globo”. De vainilla, con fresas, crema pastelera. Realmente delicioso, tan sabroso como el lechón.

ALGO TENGO QUE HACER CUANDO SALGA DE AQUÍ… DE ALGO TENGO QUE VIVIR

Javier Duarte ya hace planes para cuando salga de la cárcel. Hace castillos en el aire con la idea de que algún día, no muy lejano se cristalicen. “Mis amigos y yo vamos a reinventarnos… algo tenemos que hacer saliendo de aquí, a algo tenemos que dedicarnos… de algo tenemos que vivir”. Gesticula, proyecta, sueña con los ojos abiertos. Y mira hacia el futuro, y se ve libre en ese futuro. Un futuro que –afirma- no está muy lejos.

*NOTA DE LA REDACCIÓN: Debido al sistema de justicia penal y al reglamento penitenciario, no está permitido sacar fotos a los internos, por lo que las gráficas de la presente entrevista son de archivo.

Nota exclusiva de Versiones

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