En una escena más cercana al espectáculo que a la rendición de cuentas, la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, salió este lunes a responder -con tono lastimero y discurso prefabricado- a las críticas provenientes de medios y redes sociales, luego de señalamientos incómodos para su administración.

La mandataria recurrió a una fórmula conocida del régimen, rodearse del bufón ideal para provocar la alabanza fácil y, desde ahí, victimizarse. Envolvió su defensa en retórica de género y descalificó a quienes no comulgan con la narrativa oficial. En su conferencia habló largo y tendido sobre la participación de las mujeres en la política, la existencia de una presidenta y su propia trayectoria, como si el cuestionamiento fuera de género y no de resultados.

Con un discurso reiterativo y mareador, aseguró que “la política se hace con hechos”, aunque dedicó más tiempo a lamentarse por los “ríos de tinta” que a explicar con claridad los pendientes de su gobierno. Reconoció el derecho a la crítica, pero lo condicionó: se puede opinar, dijo, siempre y cuando no se “insulte”, no se “calumnie” y no se “mienta”; conceptos que, en la lógica de la 4T, suelen traducirse como no incomodar al poder.

Nahle insistió en que hace “caso omiso” de los ataques, aunque toda su intervención giró precisamente en torno a ellos. Recurrió a la narrativa del sacrificio personal -“le debo demasiado a Veracruz”, “aquí voy a seguir viviendo”- para blindarse emocionalmente frente a cuestionamientos legítimos sobre seguridad, salud, educación y gobernabilidad.

Como logro central, presumió la reducción del 42% de la deuda estatal en su primer año, un dato lanzado sin mayor contexto ni desglose técnico. Aseguró que su administración trabaja “todos los días” para ordenar el estado y posicionarlo “hasta arriba”, una frase grandilocuente que contrasta con la percepción ciudadana y con indicadores que no acompañan el optimismo oficial.

En el tramo final, la gobernadora se refugió en su emblema político: la refinería de Dos Bocas. Defendió la obra impulsada por el obradorismo como una “megaobra premiada a nivel mundial”, pese a los sobrecostos, retrasos y dudas técnicas ampliamente documentadas. Para Nahle, las críticas a Dos Bocas y a su campaña fueron una prueba superada por el respaldo popular, otra vez sin autocrítica ni contraste de datos.

El mensaje cerró con una consigna repetida hasta el cansancio: “trabajo mata grilla”. Una frase útil para el aplauso fácil, pero insuficiente para responder a una ciudadanía que exige menos discurso y más resultados verificables.

En Veracruz, el problema no es que se critique a la gobernadora. El problema es que, frente a la crítica, el poder siga optando por el monólogo, la autoexaltación y la descalificación velada, en lugar de la transparencia y la rendición de cuentas.

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