Por Antulio Ficachi
En el teatro del absurdo que representa la burocracia azteca, Don Zoé Robledo se viste de apóstol peregrino y emprenderá una visita por 277 nosocomios del país para “escuchar” a la tropa. ¡A buena hora le dio la sordera institucional! Tras cinco días de bronca sindical por salarios de hambre y la eterna escasez de gasas, el señor Director descubrió el hilo negro: el circo.
Pide el funcionario que “nada se simule” a su llegada, como si las sábanas sucias y los quirófanos inservibles pudieran maquillarse con la varita mágica del protocolo. Eso sí, del apurado aumento salarial del 2.9% mejor ni hablamos; para eso aventó la bolita a la votación del próximo 14 de octubre, dejando que el secretario del Trabajo, Marath Bolaños, juegue al mero espectador de casilla.
Habrá que pedirle a San Judas Tadeo que esos ocho temas prioritarios no terminen convertidos en otra consulta de utilería, porque con paliativos de saliva difícilmente se cura la anemia financiera del Seguro Social.
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Y en donde al parecer no falta anestesia es en los foros de Netflix, ahí sobra sangre azul y dramas de alcurnia. Angélica Rivera, “La Gaviota”, regresa a la escena pública no para rendir cuentas, sino para facturar con su autobiografía producida nada menos que por la casa responsable del melodrama de Luis Miguel.
Con su hija Sofía Castro en el papel estelar para el 2027, la serie promete vendernos el conmovedor retrato de la actriz reconvertida en Primera Dama. Habrá que ver si el libreto incluye el episodio de la inolvidable Casa Blanca o si, como suele ocurrir en los guiones a modo, ese capítulo se les traspapeló en la edición.
En el México de la fantasía streaming, los finales felices siempre se pagan en dólares.
¡Chulo copetón!
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En el suelo veracruzano de plano sobran las piezas teatrales que ofenden al respetable. A la gobernadora Rocío Nahle el Día de la Raza se le atravesó como espina en la garganta. Bastó que el analista Jorge Fernández Menéndez sugiriera incómodos vínculos de su cónyuge con oscuros liderazgos del delictivo mapa regional para que la mandataria montara en cólera digital, exigiendo disculpas públicas y blandiendo el garrote del litigio.
Pero el espectáculo mayor llegó en la tribuna matutina. Lejos del rigor y el diagnóstico frío, la gobernadora prefirió atrincherarse en el cómodo victimismo: acusa una conjura de la “derecha internacional” y califica la fiscalización de la prensa como “sicariato de la información”. Ocultar la falta de fármacos o la inseguridad rampante tras el escudo del género resulta un recurso tan flaco como peligroso.
Gobernar Veracruz exige prudencia y transparencia, no adjetivos pirotécnicos ni fantasmas ideológicos inventados desde el atril oficial.
Aunque los asesores de la Doña —esos que según ella no existen porque se basta y sobra sola— ya no hallan bajo qué alfombra barrer sus discursos ante una corte de aplaudidores de su conferencia bananera, Nahle demuestra que es una verdadera experta en apagar incendios con pipas de gasolina.
Al final, en este gobierno tan dado al milagro tabasqueño, los únicos enfermos que de verdad resucitan son los millonarios fantasmas del erario, mientras el pueblo —bien anestesiado y peor atendido— nomás cruza los dedos para que el próximo hospital que visiten con fotógrafo y circo no se les caiga a pedazos antes de que acabe la función.

