Por Antulio Ficachi

Desde las tierras gélidas de Salzburgo hasta los adoquines de Lisboa, la toga internacional se vistió de luto y látigo. La Unión Internacional de Magistrados (UIM) mandó a la congeladora a los muchachos de la Conatrib (esa acartonada Comisión Nacional de Tribunales Superiores de Justicia). ¿El motivo? Rendirle pleitesía y darle el “sí, acepto” con reverencia cortesana a la mentada Reforma Judicial de la Cuarta Transformación.

En la Jufed —jueces y magistrados de circuito— no cupieron de gozo. Entre champaña, confeti y aplausos de utilería, gritaron a pulmón doliente: “¡Se los dijimos!”. Para la justicia global, aplaudir el desmantelamiento de la autonomía judicial desde el poder no fue un acto de fe, sino una vulgar traición a los estándares internacionales. Los togados mexicanos pensaron que en Lisboa los recibirían con mariachi y tequila; regresaron a casa con la maleta rebosante de vergüenza y una expulsión de mapa entero.

En política, morder la mano que garantiza la imparcialidad se paga caro; en el extranjero, la sumisión apesta a kilómetros y se cobra en divisa dura.

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En la liturgia matutina de Palacio Nacional, a la presidenta Claudia Sheinbaum no le quedó de otra que admitir que sus llamadas telefónicas con su colega de la Casa Blanca, Donald Trump, parecen un auténtico diálogo de sordos. Reconoce la mandataria que el magnate rubio le insiste en que México cuenta con zonas enteras donde los cárteles no sólo tienen la batuta, sino también la silla principal del banquete.

Sheinbaum asegura que saca sus láminas, presume bajas en homicidios y rechaza la etiqueta. Dice que el término “narcopolíticos” jamás ha salido de la boca de Trump en lo privado y que todo es mera retórica electoral de los malditos “prianistas y adversarios de derecha”.

Sin embargo, mientras en Washington aprietan el tornillo del T-MEC y aceleran las amenazas, en la aldea seguimos respondiendo a los cañonazos de la realidad con tristes diapositivas de Power Point.

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En el Palacio de Mármol de Xalapa el libreto da lástima y pena ajena: ante el menor bache o crítica, la gobernadora Rocío Nahle se autodeclara mártir de la patria, grita que hay un complot mundial de la “derecha internacional” y azuza a sus chalanes de pluma alquilada a ver fantasmas por todos lados. Pero el chiste se cuenta sólo cuando la realidad decide demoler la escenografía de mentiras.

En la escala de desastres políticos se creía que el fondo absoluto de Veracruz ya lo había tocado Cuitláhuac García con su incomparable talento para la nada. ¡Ilusos todos! Llegó la señora Nahle para recordarnos que siempre se puede cavar un poquito más hondo en el basurero de la incompetencia.

Convertida en toda una déspota tropical (dixit Raymundo Riva Palacio), la flamante mandataria descubrió que el poder no es para gobernar, sino para aplicar el decálogo de la casa: si la realidad te estropea el discurso, insulta a la realidad; si el puente se cae, culpa al pasado; y si el pueblo protesta, recétale soberbia en abonos.

Al final, ni tanta propaganda ni tanto aplaudidor sirven de nada cuando el barco hace agua por todos lados y la jefa se ahoga en su propio ego.

¡Pobre Veracruz, condenado a sufrir gobernadores de comedia involuntaria!

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En la capital de Veracruz los difuntos no descansan en paz; nomás recogen credencial nueva y se cambian de color como fichas de dominó en cantina de mala muerte. El último prodigio de la metamorfosis lo protagoniza Américo Zúñiga Martínez, quien decidió que la dignidad es un estorbo inservible y se marchó a las filas del Partido Verde para convertirse, de la mano de Arturo Escobar, en el flamante Delegado de Elecciones rumbo al 2026-2027.

Ayer, el buen Américo se desgarraba las vestiduras bajo el manto del PRIAN, persignándose ante Morena y señalando todos sus pecados. Hoy, con astuta flexibilidad moral, se viste de verde ecologista —el color disimula perfecto la putrefacción— para cuidarles los votos a los mismos que juró descarrilar. La franquicia del tucán, incapaz de germinar un trébol en maceta propia, prefiere ir a rascar el fondo del bote de basura del viejo régimen para ver qué parásito sobrevive.

Y para rematar el chiste, hasta el mismísimo Javier Duarte, desde su cómodo encierro carcelario, se dio el lujo de recetarle un lapidario “¿No que no?” ¿Y Pepe Yunes?. Desde las rejas, el exgobernador le recordó a la concurrencia que Américo sólo ha sabido ganar elecciones cuando el propio Duarte le alfombró el camino (haciéndolo diputado local y alcalde de Xalapa), para después ser de los primeros en clavarle el puñal por la espalda. Desde esa gloriosa traición, el buen Américo no ha vuelto a ganar ni una rifa de alcantarilla.

En Veracruz la política es tan peculiar que hasta los presos hacen leña del árbol caído, demostrando que hay sumas tan patéticas que terminan restándole oxígeno hasta a los fantasmas.

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