Por Antulio Ficachi
Mucho ayuda el que no estorba, pero en Washington prefieren apretar la tuerca hasta que trasrosque. Donald Trump volvió a desenfundar su utilísimo garrote diplomático para dejar claro que el T-MEC le importa lo mismo que la ecología a una refinería: absolutamente nada.
Con eso de que prefirió sepultar la prórroga de 16 años para dejarnos en agonía con revisiones anuales, la señal desde la Casa Blanca es cristalina: “México nos necesita, nosotros a ellos no”.
Vaya manera de celebrar la vecindad.
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Por si hiciera falta amarrar el nudo, su fiel escudero Stephen Miller salió a ponerle la cereza al pastel asegurando que el sistema político y judicial en México está colapsado porque los cárteles mandan. Y para no errar el tiro, puso a los delincuentes al nivel de Al Qaeda o ISIS, pero a tiro de piedra.
¿Y la diplomacia mexicana? Bien, gracias, ensayando el tango de la indignación soberana mientras cruza los dedos para que no le espanten a los inversionistas.
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Hablando de entidades donde la ley es pura sugerencia y el desorden un estilo de gestión, en Veracruz la cosa se pone cada vez más “de moda”, aunque no precisamente por el turismo ni por la inversión productiva.
Con la gobernadora Rocío Nahle despachando desde el confort del poder, el crimen parece haber contratado plan ilimitado de llamadas.
La CONCANACO acaba de poner el dedo en la llaga al revelar que las extorsiones telefónicas y los robos de identidad tienen a los comerciantes locales con el alma en el hilo y el teléfono en modo avión.
Pero eso sí, las autoridades consuelan al respetable diciendo que la mayoría de los telefonazos vienen de otros estados.
Faltaba más: hasta en la delincuencia Veracruz le apuesta a la importación.
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Pero el verdadero talento de la casa sigue estando bajo tierra. Resulta que el huachicol en suelo veracruzano volvió a florecer con una alegría desbordante: un repunte del 18 por ciento en tomas clandestinas durante el primer cuatrimestre de 2026.
Mismos ductos, misma entidad… y la misma sombra de la exsecretaria de Energía que en el sexenio anterior juraba y perjuraba que el ordeño a Pemex era cosa del pasado.
Con 111 piquetes detectados en lo que va del año, la entidad supera por un margen escandaloso la media nacional y se sube con garbo al podio de los huachicoleros, sólo por debajo de potencias de la manguera como Hidalgo o Jalisco.
Vaya manera de hacer rendir el “soberano” combustible.
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Para cerrar con broche de plomo el sainete veracruzano, la educación en la entidad acaba de recibir su tiro de gracia. Tras la partida de Claudia Tello -quien dejó la casa tirada, aulas acéfalas y a los docentes de la UPAV cobrando con aire y buenas intenciones-, la gobernadora Rocío Nahle sacó del sombrero el nombramiento de Raquel Bonilla Herrera para la SEV. Las protestas, por supuesto, ya ni a nota llegaron: el asombro en el estado se extinguió hace mucho gracias a los caprichos y ocurrencias de la emperatriz que ocupa el Palacio del Mármol.
En el magisterio -con especial dolor en el sector indígena- la designación cayó como balde de agua helada. El profesor Leoncio Macuixtle no anduvo con rodeos y tildó la jugada de mera “burla”, cuestionando con amarga lucidez cómo es que, habiendo doctores e investigadores de sobra en las aulas, la credencial definitiva para administrar el presupuesto educativo terminó siendo la pura militancia.
Pero viéndolo con pragmatismo tropical desde las paredes del mármol, la lógica del poder es impecable: ¿para qué quieren perfiles pedagógicos o normalistas de carrera si lo que urgen son operadores territoriales para las próximas urnas?
La educación de la niñez puede esperar; el presupuesto y la estructura electoral, jamás.
¡Qué elegancia la de la 4T!

