Por Antulio Ficachi
Mucha liturgia, poco fondo. Vaya banquetazo de discursos nos recetaron a propósito del Día Internacional de los Pueblos Indígenas. La Iglesia católica lanzó en su editorial Desde la Fe un mea culpa con denso aroma a incienso, recordando que desde hace 500 años traducen la palabra divina a lenguas originarias… Falta nomás que alguien traduzca a la realidad los presupuestos para combatir la marginación. Pero en la alta política las prioridades son, digamos, más toponímicas.
La presidenta Claudia Sheinbaum tuvo una epifanía en Puebla: rebautizar el histórico Paso de Cortés como “Paso de los Pueblos Indígenas”. Genial. Con ese certero hachazo semántico, la pobreza sistémica, la falta de caminos rurales y la violencia que asfixia a los territorios originarios quedan sepultadas bajo una avalancha de justicia poética.
Dicen los malora de Palacio Nacional que ya preparan el catálogo para rebautizar la geografía patria. Si cambiarle el nombre al Mar de Cortés o a la Calzada Puente de Alvarado arreglara el acceso a la salud y a la educación, México ostentaría mañana mismo el índice de desarrollo de Dinamarca.
Sin embargo, en los países bananeros la pirotecnia ideológica, bien se sabe, siempre sale más barata que el gasto público.
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En Uruapan, Grecia Quiroz rindió informe municipal entre aplausos, lágrimas y el fantasma encarnado de Carlos Manzo, dejando claro que el asesinato de su esposo despertó conciencias.
Tras pontificar sobre la paz y la impunidad -mientras los asistentes, con finura le coreaban “¡Gobernadora!”-, la alcaldesa juró que no ambiciona el poder.
Entre el martirologio local y el clamor de justicia que huela a precampaña, en el “Movimiento del Sombrero” descubrieron la fórmula perfecta: transformar el duelo en votos y la impunidad en eslogan institucional.
Allá en Michoacán la política no se mide en obras ni en cuentas claras, sino en decibelios de nostalgia y el tamaño del ala del sombrero.
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Y hablando de penas de alto octanaje, en tierras veracruzanas la gobernadora Rocío Nahle anduvo derramando lágrimas de empatía. Según la mandataria, ella comprende la discriminación de las mujeres indígenas porque… ¡a ella la criticaron en campaña por nacer en Zacatecas! Vaya nivel de equiparación sociológica.
En la cosmovisión de la cuarta transformación, sufrir el escrutinio político por la falta de transparencia en la refinería de Dos Bocas y no haber nacido en Veracruz equivale exactamente al rezago ancestral de la Sierra de Zongolica. “Tú eres una de las nuestras”, dice Nahle que le susurraron en Mixtla de Altamirano.
Lo que no aclaró la gobernadora es si se referían al origen humilde o a la habilidad para cobrar en la nómina pública sin rendir cuentas. Puro trabajo, asegura la señora Nahle; aunque en el puerto y la capital sigan esperando las pruebas, pruebas, pruebas.
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Donde de plano la comedia roza el absurdo es con la tropa de funcionarios morenistas. Andan desatados exigiendo “derechos de réplica” y pretendiendo borrar con borrador legaloide cada coma periodística que los despeine o incomode.
Ignoran -con una audacia directamente proporcional a su analfabetismo político-jurídico- que la doctrina uniforme de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos es contundente: quien decide subirse al escenario público o cobra de la nómina del Estado, está sujeto a un umbral de tolerancia infinitamente mayor frente a la crítica, la opinión y el escrutinio social.
Pretender acallar una nota de genuino interés público por simple disgusto con la línea editorial no es derecho de réplica: es una petición de censura previa e indirecta, prohibida de forma absoluta por el artículo 7º constitucional y el 13.2 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos. Aunque, claro, pedirle teoría constitucional a la burocracia de hoy es pedirle peras al olmo.
Eso sí, si algún funcionario, o cualquier persona, llega a ser víctima de chantaje o amenaza por parte de algún comunicador, la vía no es el berrinche mediático, sino la denuncia formal ante la Fiscalía del Estado. La información legítima es para publicarse, no para extorsionar; que salgan las denuncias, que se caigan las máscaras y que cada quien responda por sus actos.
A todo esto, cuando a la “presidenta científica” le cuestionan la imparcialidad de los medios públicos que transmiten la mañanera a rajatabla, su respuesta es apabullante: “Que no la vean”.
Todo un monumento a la pluralidad, la congruencia y la tolerancia democrática.
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Para cerrar con broche de oro este retablo de vanidades, en Ixhuatlancillo la diputada local Dorheny García Cayetano armó tremendo sainete. ¿El motivo? ¿La marginación, la pobreza o los derechos indígenas? No, señor. ¡Porque no le dieron silla en el presídium!
Acompañada por una incómoda sombra de señalamientos por “moches” y acusaciones de plagio que la dirigencia de Esteban Ramírez Zepeta prefiere capotear como si fuera mosca de verano, la legisladora montó en cólera por un lugar en la foto. Y es que en el México de la “transformación”, los verdaderos despojados no son los que carecen de agua potable o drenaje, sino los políticos que se quedan sin templete.
En fin: Entre santas escrituras traduciéndose del latín, geografías rebautizadas por decreto, zacatecanas autopromovidas a indígenas honorarias y diputadas haciendo berrinche por una silla, a los pueblos originarios les sigue tocando lo de siempre: mucha escenografía, mucho folclor… y la misma marginación de hace cinco siglos.

