Por Antulio Ficachi
De sobra se ha dicho que en la política no hay coincidencias, pero lo que ocurrió este fin de semana entre la Ciudad de México, Veracruz y Sinaloa pareció una comedia de enredos escrita a cuatro manos… y con guion desde Palenque.
Resulta que apenas la presidenta Claudia Sheinbaum anunció en redes que guardaría reposo por un severo cuadro de gripa y tos -lo que obligó a cancelar la mañanera-, en el noroeste del país se activó un resorte de emergencia.
Un resorte con aroma a tabaco y caucho de revolvedora.
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Gobernador con más vidas que un gato -y con más sombras que un expediente judicial en Washington-, Rubén Rocha Moya sintió la bendición del “espíritu santo” de la Transformación y envió una carta al Congreso sinaloense para anunciar su reincorporación al cargo.
Lo que Rocha ignoró fue que el halo protector que creía tener sobre la cabeza terminó por esfumarse en cuestión de horas. Primero le dieron la espalda en la dirigencia de Morena, luego los propios legisladores guindas se hicieron a un lado y, finalmente, desde el lecho del reposo médico en Palacio Nacional, la señal fue contundente: no había luz verde.
Tras el batacazo, al impoluto mandatario no le quedó de otra que meter el freno de mano y tramitar su licencia definitiva. Cosas de la “austeridad republicana”: a veces el retiro voluntario llega antes de que la orden de detención cruce el Río Bravo.
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En los pasillos del poder se afirma que la maniobra no nació en Culiacán, sino en las tierras del sur. La gobernadora de Veracruz Rocío Nahle habría jugado el papel de mensajera y operadora de las instrucciones que aún emanan desde el retiro chiapaneco del expresidente.
Cuentan que Nahle, convencida de que el peso del antiguo liderazgo sigue estando por encima de la Silla Presidencial, facilitó los contactos para blindar a Rocha antes de que la Presidenta titular pudiera intervenir.
Sin embargo, el cálculo le falló a la secretaria convertida en mandataria: en Palacio Nacional sí tomaron nota del bypass y las riendas del movimiento, le guste a quien le guste, ya no se estiran desde el rancho.
Hay quienes están viendo y no ven.
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Pero mientras Nahle jugaba a la alta política en el mapa federal, en las avenidas del norte el suelo le recordaba la dura realidad a su círculo cercano. El trágico accidente vial en Monterrey, donde un camión revolvedor sin frenos le quitó la vida a una joven de 17 años e incendió varios vehículos, salpicó de lleno a su núcleo familiar.
La unidad pertenece a Comercializadora Delta Dibal, firma ligada a Servicios y Premezclados Forte, donde figura como socio su yerno, Fernando Bilbao Arrieta. Más allá de las investigaciones ministeriales en Nuevo León y del chofer prófugo, el hecho vuelve a poner bajo la lupa la vertiginosa prosperidad empresarial de los allegados a la mandataria veracruzana.
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Mientras los discursos de la Cuarta Transformación presumen avances, las cifras del Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana retratan otra realidad para la entidad: 400 fosas clandestinas documentadas entre 2006 y 2024, situando a Veracruz únicamente detrás de Guerrero en la radiografía del horror nacional.
Con municipios como el Puerto de Veracruz colocados entre los puntos con más entierros ilegales del país y más de 83 mil restos sin identificar en los servicios periciales del territorio mexicano, la crisis humanitaria aplasta el segundo piso de la transformación. Son las familias y los colectivos de búsqueda quienes continúan hundiendo las palas en la tierra, mientras la burocracia política sigue ocupada en llamadas secretas y reacomodos de poder.


