Por Antulio Ficachi

¡Vivan los héroes que nos dieron patria… y los pretextos que nos mantienen en el limbo! Sola con su soledad, como bien entonaría cualquier alma en pena en una cantina de barrio, cumplió la flamante científica Claudia Sheinbaum con el ritual patrio del Grito de Independencia. Eso sí, con el pecho henchido y la garganta dispuesta para la ocasión, porque en la maravillosa factoría de la autodenominada Cuarta Transformación la narrativa oficial funciona a base de puros pretextos bien pulidos. 

Mientras desde los altos y dorados escaparates del poder se rasgan las vestiduras clamando a los cuatro vientos por la “soberanía nacional”, en las sufridas y polvorientas calles del territorio real la amarga realidad golpea sin piedad: el Estado hace mucho tiempo que le firmó la rendición y le entregó las llaves de la gobernanza a los muchachos del crimen organizado.

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Y ante la tropa uniformada y los vivas de rigor, la orden suprema es clara: el país entero no se doblega, no se arrodilla y, faltaba más, jamás se vende. Al encabezar el fastuoso desfile militar por el 216 aniversario de la gesta heroica, la doña Claudia se aferró al manual del siglo XIX para capear el temporal del siglo XXI. 

Entre evocaciones de Maximiliano, invasiones pasadas y carteras extranjeras bajo sospecha, el discurso busca exorcizar a latigazos verbales los recordatorios que, con prosa implacable, mandan al lado del Río Bravo. 

Allá exigen con lupa en mano identificar, apañar y procesar penalmente a los conspicuos servidores públicos que protegen alegremente al narcotráfico —pedido nada descabellado tras el desfile de fichitas en tribunales neoyorquinos—, por acá la respuesta inmediata es echar mano del archivo histórico y culponear al fantasma del conservadurismo trasnochado. 

¡Qué conveniente memoria!

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En nuestra sufrida y tropical aldea veracruzana, el teatro bufo de la política local alcanza niveles verdaderamente estelares. Por los pasillos del Palacio del Mármol las prioridades marchan al ritmo de una pastorela mal ensayada. 

Ahí tienen al delegado del IMSS-Bienestar, Roberto Ramos Alor —a quien la maledicencia popular ya bautizó con afecto como el infaltable doctor muerte—, aplicando una maniobra táctica de alta escuela: para eludir olímpicamente a la prensa y no balbucear palabra sobre el inocultable, crónico y desesperante desabasto de medicamentos que agoniza en los hospitales, el funcionario optó por camuflarse tragándose un suculento cuernito panadero a escondidas. “Ahorita les doy información”, balbuceó con la boca a tope, en una treta magistral para eludir la rendición de cuentas con la mandíbula ocupada. 

¡Genio de la diplomacia estomacal y con ridículo sombrero!

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Y por si faltara aderezo en este potaje de banalidades, la pasarela veracruzana nos obsequió momentos de alta costura y profunda inspiración patriótica. Con bombo y platillo, la gobernadora Rocío Nahle presumió su atuendo tradicional de Córdoba, elaborado por manos artesanales locales —un aplauso genuino para la aguja de María del Pilar Gómez Barranco—, recordándonos que mientras el circo de la moda oficial se roba los reflectores y desborda elogios cortesanos, los secretarios de despacho continúan acumulando méritos en la honrosa disciplina de la total inutilidad, como Ernesto Pérez (Estorba), tal como recetan los críticos de la comarca.

En este México de contrastes, donde las soberanías se declaman a gritos frente a los cañones y las aduanas se defienden con discursos de bronce, en Veracruz el drama se vuelve sainete: unos huyen corriendo de los reporteros escudados detrás de un pedazo de pan dulce, otros presumen trajes típicos mientras las farmacias comunitarias se sacuden las telarañas, y el poder, impertérrito, sigue aplaudiéndose a sí mismo en la gran función de la simulación permanente.

¡Que viva la patria, aunque sea en abonos y con receta médica caduca!

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