Por Antulio Ficachi
Bajo el cielo nublado de la Cuarta Transformación, las buenas conciencias del régimen descubrieron de golpe que la burocracia estadounidense no lee cartillas morales.
Al otro lado de la frontera, dos agencias gubernamentales analizan con lupa los expedientes de Andrés Manuel López Beltrán —aspirante a una diputación tabasqueña e hijo dilecto de la patria sexenal— por presuntos vínculos con el hampa y el contrabando de combustible.
Sin embargo, aquí nos venden el cuento de que todo responde a una mera campaña negra: la visa retirada por el Departamento de Estado es, según los jerarcas de la secta, un berrinche imperial, y la investigación de The New York Times, una confabulación de la oligarquía global.
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Y es que nada queda fuera del texto de la simulación, donde el significante “honradez” flota a la deriva mientras el significado real se escondía en una mansión de fachada roja en Lugano, Suiza. Allá, el operador financiero Amílcar Olán debió desalojar su nidito alpino con vista al lago —ese que supera los 300 mil pesos mensuales en rentas— tras ser localizado por la prensa incómoda.
¡Pobre de nuestro autodenominado “austericidio”! Acá, en la república creada por Morena, el ciudadano de a pie padece la inflación en los mercados locales y los “patriotas” del erario ensayan el exilio dorado en los Alpes suizos, cuidando que su dispositivo móvil no sea fotografiado mientras compran pan integral y esquivan a los reporteros con la elegancia de un prófugo de manual.
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Entre lágrimas, gritos y dados cargados, el partido guinda desahogó sus 17 designaciones para las gubernaturas de 2027 como quien reparte pastel en fiesta de pueblo con invitados colados.
En Chihuahua, la favorita Andrea Chávez se comió las uñas de la furia tras ver cómo la maquinaria le cerraba el paso en favor de Cruz Pérez Cuéllar, demostrando que en la democracia interna la lealtad de grupo pesa más que cualquier encuesta.
Lo mismo ocurrió en San Luis Potosí, donde un tal Elí Cervantes brotó de las sombras como hongo tras la tormenta, sin haberse registrado jamás, sólo para cumplir con la alquimia pactada con el clan Gallardo.
Es el desmantelamiento institucional en su máxima expresión: la norma no existe, sólo el capricho del dedazo revestido de “paridad estratégica”.
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En el terruño veracruzano, la naturaleza decidió sumarse al sainete. Una tormenta bíblica azotó la zona montañosa central, dejando un saldo trágico de dos vidas perdidas en Xalapa, deslaves kilométricos y clases suspendidas en trece municipios, mientras las autoridades presumen operativos de membrete.
Por si fuera poco, la gobernadora Rocío Nahle destapó la cloaca financiera del Instituto de Pensiones del Estado (IPE): un boquete de 4 mil millones de pesos anuales que amenaza con dejar a los jubilados a la intemperie, mientras 62 sindicatos se desgarran las vestiduras porque el famoso “salario regulador” les amputa hasta el 40% de su pensión.
Pero para rematar la tragedia xalapeña, la supuesta rescatadora de la debacle financiera del IPE, Daniela Griego despacha ahora desde la silla principal del Palacio Municipal bajo el providencial lema de “Por el Bien de Xalapa”.
¡Chulada de maíz prieto!
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En este mismo tablero de carruseles y lealtades a prueba de auditorías, las piezas se mueven con gracia transexenal. Con la salida de la Subsecretaría de Finanzas de quien hoy funge como flamante auditor general del ORFIS, los enroques en la SEFIPLAN arrancan sin mayores pudores.
La tesorera Eugenia Guadalupe Blas Nájera dejará el cargo para recalar en la Dirección General de Administración de la misma dependencia, relevando a Sara García Garcia, quien heredará la tesorería.
Por supuesto, Blas Nájera acompaña a la mandataria desde sus ayeres en la Secretaría de Energía; quizás por ello los jugosos salarios que manejaba, los litigios administrativos y los procesos judiciales civiles que arrastra caminan blindados por el manto de la impunidad que tanto distingue a la grey oficialista.
Con estas postales, queda claro que en este reino de la simulación lo único que fluye sin contratiempos es el agua por los cerros desgajados, la incompetencia institucional y el desvío constante del erario hacia los bolsillos de la opacidad.
¡Qué tal!

