Por Antulio Ficachi

Bajo el sol impasible de Palenque —ese santuario climatizado de la modestia franciscana que sólo mide hectárea y media—, el patriarca de la Cuarta Transformación ha decidido abandonar su forzoso mausoleo mediático para recordarnos que el “retiro” es apenas un eufemismo publicitario en el infinito teatro de la simulación.

Desde el metafísico umbral de su quinta, el tabasqueño dictó cátedra sobre la inminente desintegración del imperio del norte, la traición universal y la repentina santidad de las clases medias que él mismo engendró por arte de magia estadística. 

Todo esto, claro, mientras las esquirlas del nepotismo y los escándalos de su vástago predilecto amenazan con perforar la burbuja de su inmaculada narrativa.

¿Acaso la palabra Pueblo —ese manoseado significante flotante que hoy bautiza su nuevo tomito doctrinal junto a Grandeza— soporta el peso ontológico de una democracia asediada por fantasmas imperiales, o es simplemente el talismán retórico con el que se conjura cualquier rastro de responsabilidad terrenal? 

Si los grandes politólogos hubieran tenido estómago, habrían esbozado una sonrisa escéptica ante esta descomposición del poder: el caudillo que jura haber cortado de tajo el cordón umbilical del mando, pero cuya sombra administra los destinos de la grey desde la apacible inopia del Edén. 

La culpa, ese viejo fantasma burgués, se terceriza vía decreto; la historia, en cambio, se reescribe con la imborrable tinta de la infalibilidad patriarcal.

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Pero si cruzamos la frontera de los otros datos y aterrizamos en las sufridas trincheras de la provincia veracruzana, la sublime retórica de la transformación choca brutalmente contra el asfalto inundado y la legendaria incuria burocrática.

En Xalapa, las promesas de saneamiento fluvial del siempre eficiente Ricardo Ahued se diluyen con la misma velocidad en la desmemoria de sus achichincles de escritorio. Tanto así, que los vecinos del río Carneros se han visto en la penosa necesidad de improvisar barricadas con cuerdas para evitar que las patrullas estatales pasen a toda velocidad, levantando olas destructivas sobre sus humildes salas. 

¡Cosas de plástico, dirían los cínicos del palacio del mármol!

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A poca distancia de ahí, el Club Britania Las Ánimas se debate patéticamente entre asambleas espurias y litigios corporativos de alcantarilla, donde personajes grises como el “constructor de mentiras” Marcos Salas buscan desesperadamente un reflectorcito personal mientras la realidad se encarga de desnudarlos. 

Un guerrero de cartón y desinflado que haría mejor en fundar su propia carpa de circo en lugar de andar mendigando espacios de poder en partidos políticos o en un club donde su presencia ya causa urticaria colectiva.

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La flamante presidenta Claudia Sheinbaum alista una gira triunfal por tierras jarochas para inaugurar distribuidores viales y complejos habitacionales con los que intenta maquillar el pulso febril de una entidad donde ejercer el periodismo sigue cotizándose al trágico precio de la vida misma.

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Si en el Olimpo de la congruencia tabasqueña las redes sociales pasaron milagrosamente de ser “benditas” a herramientas de manipulación global tras cumplirse su década de gracia, en el llano veracruzano la realidad es infinitamente más tétrica: la Comisión Estatal para la Atención y Protección de los Periodistas (CEAPP) ya contabiliza tres homicidios en lo que va de este 2026 y mantiene a nueve comunicadores bajo escoltas de alta seguridad tras ser amenazados por un crimen organizado que opera a sus anchas desde Poza Rica hasta Acayucan.

El contraste es, por no dejar de bostezar, una obra maestra de la fealdad nacional. Allá, el monje ermitaño que rompe su simulado silencio para gritarle sus verdades a la montaña y redactarle manuales geopolíticos a una superpotencia en decadencia; acá, el ciudadano de a pie que tiene que estirar una cuerda en la avenida para no ahogarse en la desidia oficial. 

Entre el dogma oficialista del Humanismo Mexicano y la intemperie cotidiana, la sátira se queda corta y la tragedia, puntual como siempre, cobra la taquilla.

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