En la conferencia de prensa de este día, Rocío Nahle no solo tomó distancia de Eric Cisneros Burgos, lo sepultó políticamente con una frase seca y sin adornos: “no hay relación alguna”. Así, la gobernadora de Veracruz cerró cualquier vínculo con quien fuera uno de los personajes más incómodos y controvertidos del sexenio anterior.
Cisneros, exsecretario de Gobierno y aspirante frustrado a la gubernatura, llegó a presumir que él había “llevado” a Nahle a Morena y a recordarle públicamente quién la había invitado a la política. Hoy, eso quedó reducido a una anécdota de archivo. Nahle ganó la candidatura, gobierna Veracruz y decidió no cargar con fantasmas ni cuentas ajenas.
El deslinde no es casual. La gobernadora manda un mensaje interno claro: su gobierno no es una extensión del pasado ni un espacio para viejas facturas políticas. Las figuras que generaron ruido, confrontación y desgaste quedaron fuera del nuevo tablero.
En Morena, el reacomodo es evidente. Las lealtades que alguna vez parecieron sólidas hoy se disuelven sin ceremonia. Porque en política -como quedó claro en este episodio- no hay amigos, hay complicidades. Y cuando se acaba el poder, también se acaba la amistad. Y a veces, ni flores se llevan al entierro.







