Ernesto Pérez volvió a escena. No para anunciar inversiones, empleos o proyectos productivos, sino para presumir -con entusiasmo de edecán- su asistencia a la recepción oficial de la Misión Comercial de Canadá en México. Protocolo, sonrisas y boletín triunfalista. Resultados verificables, ninguno.

El funcionario, cuya gestión al frente de la Secretaría de Desarrollo Económico de Veracruz, en el gobierno de Rocío Nahle, ha sido más decorativa que productiva o estratégica, aseguró que el encuentro “reafirma la solidez de la relación económica” entre ambos países. La frase suena bien, encaja en cualquier comunicado y no compromete absolutamente a nada.

Según su versión, dialogó con empresarios y autoridades canadienses sobre inversión, cooperación productiva e integración de cadenas de valor. El repertorio completo del manual diplomático. Lo que no detalló fue cuánto capital llegará a Veracruz, qué sectores serán beneficiados, qué plazos existen o qué metas medibles se fijaron. En otras palabras: exceso de rollo, poca sustancia.

En un entorno global que efectivamente exige competitividad y coordinación estratégica, Veracruz necesita más que funcionarios posando en recepciones internacionales. Requiere planeación técnica, atracción real de capital, certidumbre jurídica y seguimiento puntual de proyectos. Nada de eso se acredita con fotografías oficiales ni con frases recicladas sobre “socios confiables”.

Fortalecer vínculos con Canadá es una ruta lógica y necesaria para quien aspire a insertarse con seriedad en los mercados internacionales. Convertir un acto protocolario en logro económico, en cambio, es un ejercicio de simulación política. Algo difícil de entender para una persona sin luces y disminuido -políticamente hablando- como Pérez Astorga, quien habla de integración productiva, que es lo menos que ha demostrado en Veracruz este simulador de excesos morales, pero un zángano sin escrúpulos.

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