La política mexicana vuelve a exhibir su ADN familiar. Rocío Nahle García  hoy gobernadora de Veracruz, optó por marcar distancia -al menos discursiva- del viraje partidista de su hermano Arturo quien reapareció en el PRI de Zacatecas con la mira puesta en la elección de 2027.

Nahle aseguró respetar la “ruta partidista” de su hermano y negó cualquier coordinación política entre ambos. Subrayó que cada integrante de su familia toma decisiones propias y reiteró que su lealtad política permanece intacta con Morena. Hay un supuesto deslinde familiar y blindaje institucional.

La mandataria defendió la trayectoria de Arturo Nahle García como una carrera independiente, enumerando cargos que van de diputado federal a magistrado y presidente del Poder Judicial. Pero en el mismo discurso dejó ver la fractura ideológica de origen. Él priista, ella, según de izquierda, pero cobra vive y ambiciona con la derecha, cada quien  en su propia trinchera. Respeto fraterno, sí; proyecto político compartido, no.

El posicionamiento cobra relevancia porque ocurre tras el abierto “alzamiento de mano” del exmagistrado en un acto del PRI zacatecano, donde el partido activó su maquinaria interna rumbo a 2027. Ahí, Arturo Nahle no ocultó ambiciones: “Queremos recuperar el gobierno de Zacatecas”, afirmó, dispuesto -según su propia metáfora- a jugar en cualquier posición que el partido le asigne.

Su retorno al tricolor, después de 16 años fuera, vino acompañado de críticas a la administración estatal de Morena y al gobernador David Monreal Ávila. El mensaje fue político y frontal.

En contraste, Rocío Nahle cerró filas con su identidad partidista y su papel institucional: gobernadora de todos los veracruzanos, militante de Morena sin matices. El discurso intenta separar lo familiar de lo público, aunque la realidad política mexicana demuestra que esos límites suelen ser más retóricos que reales.

El episodio deja una postal del pasado neoliberal, familias con trayectorias cruzadas, partidos enfrentados y ambiciones que avanzan en paralelo. La pregunta no es si hay conflicto, sino cuándo dejará de ser solo discursivo.

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