Mientras en Venezuela retumbaban explosiones y helicópteros militares surcaban el cielo, en Veracruz el estruendo fue digital. La gobernadora Rocío Nahle decidió fijar postura -rápida, solemne y perfectamente alineada- para respaldar a la presidenta Claudia Sheinbaum ante la intervención militar de Estados Unidos en territorio venezolano.
Desde su cuenta oficial de X, antes Twitter, Nahle recordó los principios del derecho internacional y condenó el uso de la violencia, subrayando la libertad y autodeterminación de los pueblos como pilares que, al menos en el discurso, no admiten excepciones.
“Respaldo total a la posición de nuestra presidenta Claudia Sheinbaum ante el principio de derecho internacional sobre la libertad y autodeterminación de cada pueblo y rechazo a cualquier tipo de violencia”, escribió la mandataria veracruzana, en un mensaje que sonó más a catecismo diplomático que a posicionamiento político propio.
En Veracruz, Nahle replicó el mensaje con disciplina partidista. No hubo matices, no hubo preguntas incómodas, no hubo referencia alguna al largo historial de violaciones a derechos humanos del régimen venezolano. La autodeterminación, al parecer, no distingue entre pueblos y gobiernos, ni entre legalidad internacional y realidades autoritarias.
La escena recuerda inevitablemente a Jorge Luis Borges y su demoledor verso dedicado a la Argentina, que hoy parece exportable a buena parte de la política latinoamericana: “No los une el amor, los une el espanto”.
Así, entre comunicados solidarios y condenas abstractas a la violencia, el debate vuelve a quedar atrapado en el terreno cómodo de las consignas. Porque en el ajedrez internacional, algunos gobiernos no se unen por convicción democrática, sino por el miedo compartido a que el reflector, algún día, también apunte hacia casa.







