Tras su comparecencia ante el Congreso local por su primer informe de gobierno, la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, intenta reposicionarse políticamente mediante un discurso y con una actitud que busca presentarla como una mandataria abierta al diálogo, receptiva a la crítica y menos confrontativa. Sin embargo, el giro parece más un ejercicio de ingeniería narrativa que un cambio real en su estilo de gobernar.

En los pasillos oficiales se insiste en que la gobernadora habría dejado atrás su tono estridente, arrebatado y prepotente. Esa versión -que varios identifican como un intento de control de daños ante el deterioro de su imagen pública- recuerda al “nado sincronizado” con el que administraciones de Morena suelen responder cuando se les señala por opacidad, corrupción o simple ineficiencia.

El mensaje que se intenta posicionar es evidente: Nahle quiere navegar aguas más tranquilas. Pero la estrategia parece responder más a urgencias de legitimación que a una verdadera convicción de apertura democrática. Después de meses de tensiones, polémicas y señales contradictorias, el “modo zen” se percibe más como un guion que como una evolución.

El viraje, por tanto, se recibe con escepticismo. Vale recordar la máxima del periodista Froylán Flores Cancela (+): “En política, regularmente, lo que ves, no es”. Y en este caso, la distancia entre el discurso recién estrenado y la conducta que lo precede es demasiado grande como para hablar de una transformación auténtica.

Ojalá, por el bien y el amor que se prodiga a Veracruz, el personaje no sea efímero y, esta vez, el cambio sea más que una puesta en escena.

Publicidad