A finales de octubre del año pasado, la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, dejó clara la jerarquía dentro de su gabinete al reprender públicamente al secretario de Turismo, Igor Rojí López: “Tú no puedes firmarle a nadie, si no te lo autorizo”. La escena fue una radiografía anticipada de lo que vendría.

Un mes después, en noviembre de 2025, el presupuesto de la Secretaría de Turismo fue recortado. Así pues, esa dependencia parece operar más como agencia de viajes que como oficina estratégica: presencia constante en ferias, discursos reciclados y resultados que, como el turismo en crisis, no aparecen.

En Cumbre Tajín se terminó de exhibir la posición del funcionario. Relegado, contenido por personal de seguridad y, según testigos, literalmente apartado para evitar cualquier cercanía con la mandataria. Un secretario sin margen, sin firma y, aparentemente, sin interlocución.

Pero no hay nada nuevo en ese orizabeño de “alcurnia”. Desde sus inicios bajo el cobijo político de Juan Manuel Diez Franco en Orizaba, Rojí ha construido una carrera marcada por la sumisión hacia el poder y una conocida soberbia hacia abajo. Un estilo funcional: inclinarse frente a quien manda y sostener el privilegio sin sobresaltos. Figuras como Javier Duarte y Miguel Ángel Yunes podrían dar cuenta de ello.

Hoy, mientras las playas veracruzanas enfrentan la presencia de hidrocarburo tras el derrame que aún no se esclarece del todo, el encargado de promover el turismo fue visto en un aeropuerto, según reporta el portal de noticias Versiones, maleta en mano, rumbo -con ironía involuntaria- a otro destino turístico.

Vaya contraste. Mientras el estado lidia con afectaciones ambientales y una imagen deteriorada del gobierno de Rocío Nahle -y de la mandataria en su persona por tanta opacidad, negligencia y mentira-, el responsable del sector opta por ausentarse. En medio de una crisis que golpea a prestadores de servicios, visitantes y ecosistemas, el mensaje institucional se interpreta como: el turismo puede esperar, el descanso no.

Así, Veracruz no solo enfrenta manchas en sus playas, sino también en la conducción de una política turística que navega sin rumbo y con el capitán ausente. Un escenario que, lejos de corregirse, parece ajustarse al estilo de Rocío Nahle, quien goza el control político, el ninguneo y la subordinación porque de esa manera se desahogan los resentimientos y odios personales.

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