En medio de un contexto marcado por la violencia, la desigualdad y la desconfianza institucional, la Iglesia católica en Veracruz retoma un pasaje central del Evangelio -la resurrección de Lázaro narrada en Evangelio de Juan- como un llamado no solo espiritual, sino profundamente social y político.

El relato de la intervención de Jesucristo plantea, según líderes eclesiásticos, una transformación integral del creyente: un cambio de mentalidad y de conducta frente a la vida, la muerte y, especialmente, frente a la realidad colectiva. La muerte biológica, sostienen, es inevitable; sin embargo, no debe traducirse en miedo, angustia o parálisis social. Bajo esta interpretación, la fe no se limita a la trascendencia, sino que exige acción concreta en el presente.

El posicionamiento de la Arquidiócesis de Xalapa ocurre en un país donde más de 40 millones de mexicanos viven en condiciones de vulnerabilidad, una cifra que evidencia el impacto acumulado de políticas públicas calificadas por distintos sectores como caducas, insuficientes y diseñadas desde una lógica excluyente. En Veracruz, esta realidad se agrava por la persistencia de inseguridad, precariedad laboral y rezago social.

La lectura contemporánea del pasaje bíblico no evade la muerte como hecho natural, pero sí cuestiona las “estructuras de muerte” que, en términos sociales, se traducen en pobreza, violencia e indiferencia institucional. En este sentido, la Iglesia plantea que la fe auténtica no puede ser pasiva ni conformista,  debe convertirse en un motor de transformación social.

El mensaje central apunta a desmontar el miedo como mecanismo de control y estancamiento ciudadano. La cultura del temor -alimentada por la inseguridad y la incertidumbre económica- ha derivado, según este enfoque, en una sociedad que oscila entre la resignación y la comodidad. Ambas condiciones, advierten, perpetúan la desigualdad.

Frente a ello, el llamado es a sustituir la inercia social por participación activa en la construcción del bien común. La solidaridad, especialmente con los sectores más vulnerables, se plantea como eje rector para reconfigurar un tejido social fracturado.

En un escenario donde la violencia y la desconfianza dominan la agenda pública, la reinterpretación de este mensaje religioso busca trascender lo doctrinal para insertarse en el debate social. La apuesta es clara: que la fe deje de ser refugio individual y se convierta en un catalizador colectivo capaz de impulsar justicia social y paz duradera en Veracruz y en todo México.

El desafío implica confrontar tanto la ineficacia de políticas públicas arraigadas como la apatía ciudadana. En ese cruce, la narrativa religiosa se presenta como una herramienta para movilizar conciencias y romper con la normalización de la desigualdad.

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