En México nos quieren vender una narrativa cómoda: que el país vive una transformación histórica, que el conflicto es entre generaciones y que todo lo anterior era corrupción mientras lo actual es redención. El ring está montado: jóvenes contra “privilegiados”, pasado contra futuro, pueblo contra élites. El problema es que, detrás del discurso, no hay una guerra generacional. Hay algo más simple y grave: una estafa que atraviesa edades, sexenios y ahora ideologías.
La llegada de Morena y la llamada Cuarta Transformación no rompió ese ciclo. Lo profundizó.
La sobremesa mexicana: el mito se cae solo
Comida familiar de domingo. Hay arroz, frijoles, tortillas calientes y una frase que se repite desde hace años:
—A tu edad ya teníamos casa.
El boomer mexicano no miente del todo. Hubo un tiempo de créditos accesibles, de empleo relativamente estable y de un Estado que, con todos sus defectos, apostaba por crecimiento y movilidad social. Pero también hubo devaluaciones, crisis recurrentes, rescates bancarios y una factura que nunca se terminó de pagar.
Muchos de esos boomers llegaron tarde al desarrollo y demasiado pronto al colapso. El error fue creer que el problema era generacional y no estructural. Hoy, el poder político explota ese resentimiento y lo recicla como discurso moral.
Millennials: la generación sacrificable
A los millennials mexicanos se les prometió que estudiar, titularse y “echarle ganas” bastaba. El resultado fue otro: precariedad, informalidad disfrazada, salarios que no alcanzan y una vida adulta permanentemente aplazada.
La Cuarta Transformación no corrigió eso. Canceló proyectos productivos, debilitó organismos técnicos, ahuyentó inversión y sustituyó políticas públicas por transferencias clientelares. El mensaje implícito fue claro: no construyas, espera. No emprendas, recibe. No planees, agradece.
La independencia económica se volvió excepción. La vivienda, una fantasía. El futuro, un concepto abstracto.
Gen Z: descreimiento y burla como defensa
La generación más joven ya no compra discursos épicos. Nació entre crisis, violencia y propaganda. Observa a la política como un espectáculo de poder donde la ley se subordina al relato y la crítica se castiga como traición.
No son apáticos: son escépticos. Intuyen que la concentración de poder, el debilitamiento institucional y la militarización de funciones civiles no conducen a justicia social, sino a un modelo autoritario con fachada popular. Por eso recurren al humor, al meme y a la distancia. Es una forma de autoprotección.
La familia como último dique
México no se sostiene por su Estado. Se sostiene por las familias.
- Abuelos que ayudan.
- Padres que subsidian.
- Hijos que regresan a casa.
Mientras tanto, el gobierno recauda más, gasta peor y concentra decisiones. La “austeridad” no redujo el tamaño del poder; lo hizo menos transparente. La solidaridad oficial se diluye entre burocracia, programas opacos y resultados pobres.
La verdadera red de seguridad sigue siendo privada y frágil. Y esa red no es infinita.
Un campo minado para todos
- Vivienda inaccesible.
- Empleo inestable.
- Servicios públicos saturados.
- Movilidad social detenida.
Boomers, millennials y Gen Z comparten algo esencial: producen más de lo que reciben y reciben menos de lo que se les prometió. Cambiaron los partidos, cambió el discurso, pero la máquina sigue funcionando, ahora con menos contrapesos.
El problema no es el pasado: es el diseño
La narrativa oficial insiste en que todo lo malo viene de antes. Pero siete años después, el argumento no alcanza. Lo que se perfila no es una transformación, sino un modelo agotado que combina populismo, centralización del poder y desprecio por la legalidad, la evidencia y la técnica.
La historia muestra que ese camino no lleva a la justicia, sino al estancamiento económico y, eventualmente, a la deriva autoritaria.
No hay guerra generacional en México. Hay generaciones atrapadas en un sistema que ahora se disfraza de redención moral para justificar el control, la improvisación y la ruina a largo plazo. Cambiar de actores no basta. Y cambiar instituciones por consignas suele ser el primer paso hacia el desastre.







