La caída de Nicolás Maduro no puede leerse como un episodio circunscrito a la crisis venezolana. A la luz del análisis publicado en Estrictamente Personal, de Raymundo Riva Palacio, se trata de un movimiento de alcance hemisférico que redefine la relación de Estados Unidos con América Latina y coloca a México en el centro de su nueva prioridad de seguridad nacional.

Washington ha abandonado el viejo marco ideológico que durante décadas dominó su vínculo con la región -izquierdas contra derechas, soberanía contra intervencionismo- para sustituirlo por un criterio más directo y operativo: seguridad nacional, crimen organizado transnacional y Estados penetrados por economías criminales. En este nuevo paradigma, la política exterior deja de ser retórica y se convierte en una extensión del aparato judicial y de inteligencia.

Desde esa lógica, Nicolás Maduro dejó de ser un presidente incómodo para convertirse en lo que los fiscales estadounidenses documentaron durante años: el jefe de una organización criminal transnacional. Su entrega negociada -ni secuestro ni intervención militar clásica- confirma que la operación fue jurídica, estratégica y cuidadosamente contenida. Venezuela fue el escenario. El mensaje, hemisférico.

Y ese mensaje tiene un destinatario claro.

De acuerdo con filtraciones difundidas en diversos medios, México aparece de manera recurrente en expedientes del Departamento de Justicia de Estados Unidos contra narcotraficantes, operadores financieros y regímenes colapsados de la región. No como un actor marginal, sino como una pieza estructural del sistema de trasiego de drogas que alimenta la mayor crisis de salud pública y seguridad interna estadounidense. Por ello, en los círculos de seguridad nacional de Washington, México es descrito como “la joya de la corona”. El país cuya redefinición resulta indispensable para reordenar el tablero hemisférico.

Es en ese punto donde el problema deja de llamarse Maduro y adquiere un nombre propio: Andrés Manuel López Obrador, fundador de Morena y autodenominado “líder moral” del partido que hoy manipula y controla, de manera mayoritaria, las estructuras gubernamentales en los tres Poderes de la Unión, así como en entidades y municipios.

Como ha documentado Riva Palacio, la relación del obradorismo con el régimen venezolano no fue una anomalía diplomática ni un gesto ideológico aislado. Fue una política sostenida, defendida desde el poder y blindada bajo una interpretación selectiva del principio de no intervención. Con Maduro procesado como narcotraficante, esa defensa se reconfigura retrospectivamente. Lo que se presentó como soberanía comienza a leerse, en Washington, como encubrimiento político.

No se trata todavía de una imputación judicial directa, sino de una advertencia estratégica. López Obrador es visto en Estados Unidos como un pasivo estructural para México. No se le equipara con sus antecesores por episodios de corrupción aislada, sino por algo que consideran más grave: haber permitido -o construido- una economía criminal paralela incrustada en el Estado. Esa diferencia explica por qué Washington tolera el pasado reciente y observa con creciente desconfianza al obradorismo.

La presidenta Claudia Sheinbaum hereda ese problema. No lo creó, pero ahora lo administra. Su dilema es inequívoco: blindar políticamente a su antecesor y asumir costos internacionales crecientes, o reconfigurar la política exterior y de seguridad tomando distancia de los pasivos heredados. Hasta ahora, ha optado por una ambigüedad que Estados Unidos considera insostenible y que, con toda probabilidad, tiene fecha de caducidad.

La cooperación operativa ha mejorado; es evidente. Existe comunicación. Pero Washington distingue con claridad entre gestos tácticos y decisiones estratégicas. Combatir el huachicol o la extorsión no sustituye, a sus ojos, la demanda central: desmantelar la narcopolítica. En ese terreno, la inacción también es una decisión.

El endurecimiento del discurso de Donald Trump no es un exabrupto electoral. Es la expresión política de una exasperación acumulada en el aparato de seguridad estadounidense. No hay ruptura formal, pero sí una preparación deliberada del terreno para escenarios más duros si no hay corrección de rumbo. Venezuela fue el aviso. No el modelo, sino la advertencia.

México no es percibido como un socio ambiguo, sino como un problema central a resolver. La neutralidad retórica, el antiintervencionismo discursivo y la lealtad interna que antes funcionaban como escudos hoy operan como vulnerabilidades estratégicas.

La pregunta no es qué hará Estados Unidos. Esa decisión parece tomada.

La verdadera incógnita es si México -y particularmente Claudia Sheinbaum- entiende que el tablero cambió, o si seguirá actuando como si aún rigieran las reglas del pasado.

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