México reprueba en lectura y conectividad. De acuerdo con el diagnóstico de la UNESCO se advierte un estancamiento -y en algunos indicadores, retroceso- en las habilidades lectoras de alumnos de primaria, acompañado de una carencia persistente de acceso a internet en las escuelas.
Con base en la información, que hoy difunde el El Universal, siete de cada diez planteles de educación básica carecen de conectividad o equipo de cómputo. En pleno siglo XXI, la brecha digital no sólo permanece, se profundiza. ¿Dónde está la transformación educativa que presume el gobierno morenista? La realidad exhibe aulas desconectadas y estudiantes sin herramientas mínimas para competir en un entorno global.
El problema, sin embargo, va más allá de la infraestructura. Es estructural. La incapacidad de una proporción significativa de alumnos para concluir la primaria con competencias básicas de comprensión lectora revela un sistema que ha priorizado agendas políticas por encima del aprendizaje. Ideologizar la educación tiene consecuencias, y los resultados están a la vista.
De acuerdo con el seguimiento del Objetivo de Desarrollo Sostenible 4 -que busca garantizar educación de calidad para 2030-, México se encuentra en categoría de “sin progreso”. Menos de la mitad de los estudiantes que terminan primaria alcanzan el nivel mínimo en lectura, es decir, el sistema no está logrando enseñar a leer con eficacia.
Las cifras lo confirman. En segundo y tercer grado de primaria, la competencia mínima en lectura cayó de 67% a 63%. Entre quienes concluyen este nivel, el indicador bajó de 43% a 42%. No es un desplome abrupto, pero sí un deterioro sostenido que evidencia estancamiento crónico.
El rezago no se limita al aprendizaje. También se agrava la exclusión. La proporción de adolescentes fuera de la escuela aumenta en secundaria, pasando de 6% a 8% en el nivel básico y de 25% a 26% en el nivel medio superior. Es decir, el sistema no sólo enseña mal, tampoco retiene a sus estudiantes.
En tanto una parte de la población accede a educación privada -con mayor exigencia académica y recursos tecnológicos- a mayoría enfrenta un sistema público debilitado. El resultado es una brecha educativa que se traduce en desigualdad social.
Los niveles de aprendizaje van en declive. El estancamiento en lectura es consistente con evaluaciones como PISA 2022, donde México no mostró mejoras significativas en una década. Casi la mitad de los estudiantes no alcanza el nivel básico de comprensión.
A nivel nacional, la evidencia es igual de preocupante: más del 20% de los alumnos de sexto de primaria requiere apoyo en lenguaje. Es decir, uno de cada cinco estudiantes está por debajo del estándar esperado al concluir la educación básica.
El problema no es nuevo, pero sí persistente. Y ahí radica su gravedad. Como advierte Paulina Amozurrutia, el liderazgo educativo ha sido reactivo, sin visión estratégica ni articulación efectiva. A ello se suma la eliminación de mecanismos de evaluación rigurosos, lo que debilita aún más la medición del aprendizaje real.
El saldo es un sistema que amplió cobertura, pero no calidad. Que escolariza, pero no garantiza aprendizaje. Que promete inclusión, pero reproduce desigualdad.
A cuatro años de la meta de 2030, el tiempo se agota. Y México no sólo no avanza, retrocede. Porque cuando un país no enseña a leer, en realidad está dejando de formar ciudadanos críticos, limitando su desarrollo y comprometiendo su futuro. Así camina el segundo piso de la ‘transformación’ en el México







