El senador Gerardo Fernández Noroña volvió a colocarse en el centro de la polémica pública, esta vez no por sus declaraciones incendiarias ni por sus enfrentamientos en tribuna, sino por la forma en que regresó de Europa a México: en un asiento de Primera Clase -o Premier ONE- en un vuelo procedente de Roma.

La periodista Azucena Uresti difundió imágenes del legislador viajando en la cabina de lujo, evidenciando un contraste difícil de ignorar entre el discurso de austeridad promovido por la llamada Cuarta Transformación y las prácticas personales de algunos de sus principales exponentes. De acuerdo con estimaciones del sector aéreo, el costo de un boleto en esa categoría ronda los 100 mil pesos.

El hecho no sería menor si se recuerda que Fernández Noroña ha construido buena parte de su imagen pública desde una narrativa de confrontación contra los “privilegios”, las élites políticas y el gasto excesivo de los funcionarios. La escena resulta aún más incómoda si se coloca junto a la declaración reciente de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien al ser cuestionada sobre el tema fue tajante: “Cada quien su decisión; yo no viajo en primera”.

La incongruencia no pasa desapercibida. El mismo personaje que en el pasado protagonizó episodios como negarse a pagar el IVA de un refresco, o justificar conductas menores bajo el argumento del abuso económico, hoy se desplaza en vuelos cuyo costo equivale a más de un mes del salario oficial que percibe como funcionario público. Para algunos, no se trata de movilidad aérea, sino de una transformación ideológica completa.

En un contexto de democracia sólida y de instituciones robustas, este tipo de situaciones ameritaría, cuando menos, una revisión administrativa o una investigación sobre el origen y justificación de los recursos utilizados. Sin embargo, la ausencia de consecuencias refuerza la percepción de que existe una doble vara para juzgar a los llamados “impolutos” de la 4T.

El eslogan de “Primero los Pobres” parece diluirse cuando la realidad muestra otra prioridad: “Primero Primera”. No es solo un asiento más amplio; es el símbolo de una distancia creciente entre el discurso que se pronuncia y la práctica que se ejerce. Y esa distancia, en política, suele cobrarse tarde o temprano.

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