La reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum terminó este miércoles en el bote de la basura legislativa. El pleno de la Cámara de Diputados la desechó sin mayor ceremonia. No alcanzó la mayoría calificada y, de paso, dejó al oficialismo exhibiendo una grieta incómoda dentro de su propio bloque.
La iniciativa apenas reunió 259 votos, aportados principalmente por la bancada de Morena y un puñado de legisladores del Partido Verde Ecologista de México. Lejos de los 334 sufragios que exige la Constitución para modificar las reglas del juego electoral.
Mientras tanto, la oposición -Partido Acción Nacional, Partido Revolucionario Institucional y Movimiento Ciudadano- votó en contra. Pero lo verdaderamente sabroso del episodio fue que los supuestos aliados de la llamada 4T también se desmarcaron; tanto el Partido del Trabajo como buena parte del Partido Verde Ecologista de México terminaron sumándose al rechazo.
El marcador final fue de 234 votos en contra y una abstención. Un resultado que, más que derrota legislativa, parece radiografía política del momento; el oficialismo ya no camina tan compacto como presume.
La sesión tuvo menos debate que un grupo de WhatsApp familiar. Lo que sí abundaron fueron los posicionamientos en tribuna, discursos largos, tono solemne y la inevitable repartición de culpas.
El coordinador morenista Ricardo Monreal intentó apagar el incendio político con un llamado a la unidad del bloque oficialista. Pidió recomponer la agenda legislativa y cerrar filas rumbo a las elecciones de 2027 y 2030.
Morena necesita volver a contar a sus aliados porque al parecer ya no siempre están cuando se les llama a votar.
Mientras tanto, la narrativa oficial ya empieza a cocinarse: la culpa será de la oposición. Aunque, en estricto sentido, esta vez el tropiezo también vino desde la mesa de los propios compañeros de bancada. Un pequeño detalle que, seguramente, en el discurso público será tratado como si nunca hubiera existido.







