En una nueva demostración de fuerza y retórica intransigente, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, bajo la conducción de Scott Bessent, ha reeditado la promesa de someter a Irán a un esquema de asfixia financiera sin precedentes. Sin embargo, tras más de cuatro décadas de sanciones, la efectividad de esta estrategia vuelve a ponerse en entredicho: ¿es posible doblegar mediante el ahogo económico a un régimen que ha convertido la supervivencia geopolítica en su principal doctrina?

Desde el recrudecimiento de las hostilidades y el bloqueo naval implementado este año, la Casa Blanca ha apretado las tuercas a los pilares más sensibles de la economía persa: la flota petrolera clandestina, los esquemas de seguros marítimos y las redes de financiamiento digital. La reciente congelación de cerca de 500.000 millones de dólares en criptoactivos representa un golpe certero al entramado operativo de Teherán, pero los analistas coinciden en que el impacto más severo lo absorbe, como de costumbre, la población civil y no la cúpula de poder.

Entre la diplomacia del garrote y el riesgo global

En el Capitolio, la administración de Donald Trump sopesa medidas de mayor calibre, como la imposición de aranceles de hasta el 100 % a los países que mantengan intercambios comerciales con la nación islámica. Esta propuesta, de materializarse, arrastraría a Estados Unidos a una peligrosa confrontación comercial con gigantes económicos como China e India.

Paralelamente, sobre las mesas de estrategia en Washington y Tel Aviv se baraja la posibilidad de articular un cerco terrestre. No obstante, la abrupta geografía montañosa de la región y las complejas relaciones diplomáticas con los vecinos fronterizos de Irán reducen esta alternativa a una pretensión poco viable en la práctica.

La arquitectura de la resistencia iraní

Pese al desgaste prolongado, la estructura económica de la República Islámica ha demostrado un pragmatismo notable. La reactivación de programas de asistencia social y transferencias directas implementados por las gestiones de Ebrahim Raisi y Masoud Pezeshkian ha servido como un colchón social frente a hiperinflaciones que han llegado a rozar el 99 % anual.

Esta política de redistribución hacia las capas más desfavorecidas ha evitado el colapso interno o crisis alimentarias de gran escala, permitiendo al gobierno mantener el control político interna y postergar una eventual rendición.

La estrategia de Washington descansa sobre un cálculo sumamente riesgoso: asumir que Teherán cederá antes de que el coste político y estratégico para la Casa Blanca resulte insostenible. Lejos de replegarse, la persistencia de las sanciones empuja a Irán a intensificar su presencia y capacidad de disrupción en puntos críticos como el estrecho de Ormuz, elevando la volatilidad del mercado energético global y prolongando un conflicto donde nadie parece estar dispuesto a ceder el primer paso.

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