No hace muchos años en las redes sociales y en algunos medios de comunicación locales, se dio a conocer la fotografía en la que un joven estudiante de ingeniería en sistemas computacionales y entonces militante de la izquierda, gozaba el placer de observar algunas decenas de billetes de alta denominación, distribuidas a lo largo y ancho del colchón de un modesto dormitorio.

Con esa divertida imagen los veracruzanos percibieron la ambición y las peculiares maneras con las que Sergio Rodríguez Cortés, el entonces novel militante del PRD, se conducía por los caminos de la política estatal. Así tuvo cobijo con Yunes Linares en su bienio. 

Pasaron los meses, acabó la carrera en el Tecnológico de San Andrés Tuxtla, y a finales de 2018, el personaje de esa jocosa “fotografía del nuevo rico” se logró colar hasta el despacho y la veleidosa voluntad del ingeniero Cuitláhuac García, que ese diciembre iniciaba su gestión como gobernador de Veracruz.   

Algún atributo o mérito descubrió Cuitláhuac en este ingenioso de la computación y el manejo de los billetes, que como engolosinado chamaco con juguete nuevo, Cui no dudó en nombrarlo como Procurador Estatal de Medio Ambiente, al tiempo que lo convertía en asiduo y consentido visitante de sus áreas de agotador trabajo, realizado siempre con sumo orgullo veracruzano.  

En esa instancia, en un corto plazo Sergio logró abundante cartel periodístico, pero no por la atención oportuna y meticulosa de la problemática ambiental o de la acertada conservación de los recursos naturales, sino más bien por las constantes acusaciones de exigencia de soborno a empresarios, cancelación de proyectos de construcción, multas y cierres de empresas y corrupción de todos tipos. Y también en los corrillos del palacio se le mencionaba como frecuentísimo visitante de las áreas privadas del mandatario.  

Se comprobaba que el recuerdo del famoso colchón de los afanes juveniles de Rodríguez, volvía para revivirlo y quedarse a medrar en los escenarios del sabadada relajante, del tequio de las fotos y de los sábados de machete cuitlahuista. La labor meticulosa y ambientadora con el Cui, pronto le dejó una costosa residencia en el Estero de Boca del Río, que él negó. 

Fue una enojosa realidad para los empresarios quejosos, que jamás en la acción gubernativa de Cuitláhuac, las acusaciones contra Rodríguez llegaron a surtir algún efecto corrector o de auditoría. Por el contrario, a todos parecía que Sergio y Cuitláhuac o Cuitlahuac y Sergio compartían un dichoso Tú y Yo. 

Todo era Camaradería y Jauja sexenal. Una mañana, de manera intempestiva, el poderoso procurador ambiental se apoderó del Acuario de Veracruz, y al estilo de los edificios o instituciones de otros sexenios, a los que en forma corriente se les cambió de nombre, a este se le bautizó ostentosamente como “Acuárium” (caso parecido al Museo Interactivo de Xalapa, que el nuevo régimen denominó Museo Kaná, para darle un vocablo totonaco que significa florecer). 

Y al instante siguiente, también se modifico la estructura legal del Acuario. El Fideicomiso que lo administraba con transparencia y números negros desde 1992, fue cancelado en las sombras, para ingresar los recursos a las arcas estatales y dejar su operación y administración en manos de Sergio Rodríguez, el pertinaz usufructuario del poder del colchón, como puede verse, un colchón que apesta y que tantos dividendos le ha dejado al ineficaz y multimillonario exprocurador y compañero de cuitas.  

De las irregularidades en el Acuárium cuitlahuista, de la carencia de conocimiento y experiencia para operarlo, de las fallas constructivas ahí suscitadas y de la falta de transparencia, han hecho mención diversos actores, periodistas, excolaboradores del acuario y no pocos especialistas de fauna marina de la zona metropolitana de Veracruz.

Ojalá y que el novedoso Amor por Veracruz deje de ser lema de moda y de modo, y que este se manifieste en acciones congruentes y urgentes. Que la gobernadora Rocío Nahle reencauce el Acuario, y que lo reconvierta en una institución de prestigio, con reconocimiento internacional, como el que tuvo antes. 

Que la señora Nahle le dé el aspecto y la transparencia legal que antes mostró como Acuario de Veracruz, cuando se conocían los estados financieros, cuando se rendían informes periódicos de su operación, cuando había recursos importantes en caja y en bancos, siempre auditados. Y si le es posible a la señora mandataria, que la institución vuelva a llamarse Acuario de Veracruz, ya que el lenguaje y el estilo jarocho y veracruzano, nada tiene que ver con latinismos e inútiles aspiraciones culteranas, como las que muestran tontamente algunos espíritus mediocres cuando pretenden envolver a la sociedad.    

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