Héctor González Aguilar
Escritor de la brevedad, Torri consideraba que el horror por las explicaciones y las amplificaciones era la más preciada de las virtudes literarias.
Julio Torri Maynes nació el 27 de junio de 1889, en Saltillo, Coahuila, se trasladó a la ciudad de México para cursar la carrera de Derecho, en donde de inmediato se relacionó con los integrantes del Ateneo de la Juventud, aquel legendario grupo de intelectuales que deseaba transformar el país revolucionando la cultura nacional.
No era una persona muy sociable, Alfonso Reyes –con quien mantuvo una larga y fructífera amistad- lo vio por primera vez debajo de una mesa de la biblioteca, con la que Torri se protegía de los librazos que le mandaban sus condiscípulos porque se empeñaba en sostener un punto de vista contrario a la mayoría.
No fue de los más destacados integrantes del Ateneo, actuaba más bien como un observador que deseaba pasar inadvertido, rechazaba las multitudes y las luminarias; cuando el Ateneo se desintegró él fue de los pocos que permanecieron en México. Colaboró con José Vasconcelos en la elaboración de la colección Los clásicos, magno proyecto posrevolucionario que pretendía poner al alcance de la población las obras de los grandes autores de la literatura universal.
Tampoco era rico, en sus años de estudiante vivía con un amigo para dormir y comer con cierto decoro; a su primera colección de libros viejos y baratos sus compañeros le llamaban “la biblioteca del estudiante pobre”. Después viviría modestamente del producto de su trabajo como docente, labor que desempeñó por varias décadas en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Consumado perfeccionista, era tan exigente consigo mismo que no publicaba con frecuencia, por esa razón Antonio Caso le llamó el “Cuentagotas”. De hecho, los textos breves de Torri debemos leerlos así, a cuentagotas, pues en ellos nos presenta una verdadera pléyade de sorpresas.
Desde sus primeros escritos, Torri se distancia de aquellos que prefieren la realidad circundante, incursiona en otras temáticas e inaugura la corriente imaginativa o fantástica. Escribía sobre lo inusual para evadirse de la fealdad cotidiana por la puerta de lo absurdo. Un día asistió a un entierro, no se divirtió porque el panegirista estuvo muy torpe. Vivió el tiempo de las ejecuciones, supo que los condenados a muerte preferían taparse los ojos, pues les avergonzaba y deprimía ver al pelotón de fusilamiento en andrajos en una ocasión tan especial. Contaba acerca de unos tamales tan deliciosos que había diplomático capaz de perder su embajada por saborear sólo uno de ellos. Dado que huía de los relatos largos, se limitó a escribir el muy necesario prólogo de la novela que nunca escribiría.
En vida publicó las siguientes obras de ficción: Ensayos y poemas, de 1917; De fusilamientos, en 1940; finalmente, Tres libros, de 1964, obra que incluye las dos anteriores. En años recientes los investigadores han publicado material inédito, destacando El ladrón de ataúdes, una recopilación de Serge Zaitzeff.
Para Torri, el verdadero escritor es aquel que descubre los más valiosos filones de una mina pero que se limita a disfrutarlos y a preservarlos; en cambio, aquellos que los explotan son ordinarios barreteros al servicio de los intereses de la mercadotecnia.
Su presupuesto para no casarse era este: si quieres ser feliz por un año, contrae matrimonio; si deseas ser feliz para toda la vida, mantente soltero. Sus amigos y sus alumnos lo recuerdan paseando por la tarde en bicicleta –su transporte habitual- en la colonia Cuauhtémoc de la ciudad de México. Gustaba de cortejar a mujeres en difícil situación, prefería a las muchachas del servicio doméstico porque la mujer, en cualquier posición que la coloque la vida, es la misma redonda maravilla, solía decir.
La muerte, a la que amaba por su feminidad, se lo llevó el 11 de mayo de 1970, a partir de entonces su obra comenzó a divulgarse, actualmente es reconocido como el iniciador del relato breve en México.

