Entender la adolescencia es difícil incluso para quienes hayan viajado por ahí. Cuando nos recordamos como adolescentes, muchas veces resoplamos y ponemos un gesto de extrañeza. Aquella persona no era yo. O sí, pero no. Qué lío. La adolescencia es eso. Un lío.
La «edad del pavo», se la llama coloquialmente, en referencia al ensimismamiento, distracción o evasión que caracterizan esta etapa de nuestras vidas. Pero la expresión no es muy alentadora. Es reduccionista, de hecho, y «no representa la realidad» de la adolescencia. Son palabras de la psicóloga Mónica Sánchez Reula.
La profesional, junto a los también especialistas Timanfaya Hernández y Juan José López Marañón, los tres adscritos al Colegio Oficial de la Psicología de la Comunidad de Madrid, ha hablado con EFE Salud sobre la evolución de la psicología humana desde la adolescencia a la tercera edad.
Porque la adolescencia es un lío, sí, pero ¿acaso es menos lío la edad adulta?¿Y qué decir de las personas mayores, 60 años y subiendo? ¿Qué pasa en un cerebro que sabe que la vida se ha transformado en una cuenta atrás?
Nos hemos propuesto viajar por nuestra psicología bajo la guía de estos tres profesionales, a ver si así nos conocemos un poquito mejor. Para ello, recurriremos a expresiones populares como «la edad del pavo», «la flor de la vida», «la crisis de los 40», «la tercera edad» o «los 60 son los nuevos 30». ¿Mito o realidad? ¿Sensatez o exageración?
Empecemos por el principio. Primera parada: la adolescencia.
Partes del cerebro que no maduran a la vez
Cambios de ánimo repentinos, una montaña rusa emocional diaria. Arrebatos de melancolía inesperados suceden a ataques de risa imprevistos. Madres y padres completamente perdidos…
Pausa. Pensemos por un momento en el cerebro de un adolescente. ¿Alguna particularidad? Pues sí.
Dice Sánchez Reula: “El problema de un cerebro adolescente es que en el proceso de maduración hay zonas que no maduran a la vez. Es decir, madura primero toda la parte subcortical (la zona bajo la corteza cerebral), que tiene que ver con las emociones, con el circuito de recompensas. Y después madura la parte cortical (la corteza cerebral, clave para el pensamiento o el lenguaje). Esto hace que seamos impulsivos, seamos impacientes, tengamos ataques de risa o ataques de melancolía”.
O sea, que en la adolescencia una parte del cerebro que es clave en la regulación de las emociones está “lista” mientras que la otra, esencial para la regulación del pensamiento, no. La psicóloga, especializada en atención a adolescentes, aconseja saber esto.
Saber, vaya, que “el cerebro adolescente está en un momento natural de desarrollo”, y a la vez, “descompensado”, y por eso, a veces, irrumpen “problemas de regulación emocional”, saltos de “emociones intensas” a otras emociones intensas, de “los famosos ataques de risa en clase” a “la tristeza, la ira”, y ahora un poema de amor, ahora un arrebato de desamor.
Adolescencia y “tormenta”: símil hasta cierto punto
La situación es comparable a la de una “tormenta”, término que Sánchez Reula reconoce que le gusta. No es suyo, puntualiza durante la conversación con EFE Salud, sino del psicólogo estadounidense Daniel J. Siegel.
Igual que pasa la adolescencia, pasará la tormenta. Madres y padres deben tenerlo en cuenta. Porque, en palabras de la psicóloga, “lo que le está sucediendo (al adolescente) es fruto de su desarrollo», así que es pertinente «la metáfora de la persona que sale de la tormenta como una persona diferente”.
Ahora bien, el símil acaba ahí. La tormenta se irá, sí, y la adolescencia también, pero en la educación de un adolescente no es buena idea esperar a que escampe.
El chico o chica adolescente ha de entender que “tiene una responsabilidad emocional, independientemente de que no sepa gestionar su enfado”, asegura la experta antes de destacar: “Hay muchas cosas que puede hacer para desarrollar herramientas y recursos, y tiene que contar con su familia, con personas de referencia, con profesores y profesoras”.
Autoestima que se tambalea
Importante no olvidar que si hay una etapa de la vida en la que es fácil que se tambalee la autoestima, ésa es la adolescencia. ¿Y por qué?
“Por los cambios físicos y corporales, porque cambia la voz, porque de repente el cuerpo es distinto”, explica la psicóloga, quien alarga la cadena de cambios: “Y socialmente (los adolescentes) tienen que hacer otras cosas, y pasan de estar cercanos a la familia a relacionarse con entornos más amplios”.
Otro ingrediente en la cacerola, y qué ingrediente: las relaciones sociales. “(A los adolescentes) les importa muchísimo la parte social, lo que dicen los amigos, las amigas, que me enamoro, esas cosas”.
En un contexto así, no puede sorprender que la autoestima pueda flaquear. Hay que gustar mucho a mucha gente. Un reto exigente en exceso.
La importancia de los adultos; la importancia de los límites
“Educar desde el ejemplo” es fundamental para que padres y madres se orienten por el mapa de la adolescencia. También para controlar esa autoestima frenética.
Señala Sánchez Reula que los adultos son “modelos de regulación emocional”, lo que debe llevarles a una gestión “lo más humana posible” de la educación al adolescente. Así que si está enfadado/a, no pasa nada con salir fuera a dar un paseo, en busca de calma y relajación. Y no pasa nada por poner palabras a las emociones, “ponerlas encima de la mesa”.
«Un cerebro adolescente, en el nivel de procesamiento de la información, de velocidad, de rapidez, es casi como un cerebro adulto. Lo que pasa es que falla el tema emocional, que todavía hay que regular”, dice Sánchez Reula
No se trata de usar el mismo lenguaje, la misma jerga, es contraproducente, de hecho. Transitar por el territorio de la adolescencia mediante las mismas palabras o términos no suele llevar a ninguna parte. Mejor plantear el acercamiento al adolescente, según Sánchez Reula, desde la educación en valores, en emociones, en autocontrol, y en consecuencia, mediante límites. Crucial, de hecho: poner límites.
Advertencia a padres y madres: no decir “la edad del pavo”
Es una expresión popular, la «edad del pavo», como decíamos antes. A Sánchez Reula no le gusta. Cabe recordar por qué: “Porque decir que están ‘empanados’ tampoco es exactamente así. Un cerebro adolescente, en el nivel de procesamiento de la información, de velocidad, de rapidez, es casi como un cerebro adulto. Lo que pasa es que falla el tema emocional”.







